lunes, 9 de enero de 2012

¿Dónde estás, hijo de puta?

He vuelto al escritorio de antaño, donde los hilos se hilvanaban solos y la piel se cuarteaba de mentira. He buscado entre los papeles aquel motivo avinagrado y a veces dulce que me hacía volar, pero no hoy; hoy solo polvo y cuartillas deshechas que no son capaces de articular palabra, de alzar la voz por encima de un gemido.
Todos hablan de que han visto las estrellas, pero a ninguno les han comido el cuello. Gritan por la piel en la piel, respiran para adentro, sienten despegar... Estultos. Probad a beber de la noche hasta la gota más ácida y a dejaros caer en cualquier cama deshecha. A escuchar los ruidos del suelo y las sinfonías de los pasos. Los ecos de las horas muertas en que ni es de día ni es de noche. Intentad drogaros y mantener el cable de acero que os ata a la vida entre los dedos. Jugad con el cuchillo que os acaricia tras la oreja.
La eterna búsqueda. Buscar en las dudas razones para creer. Qué triste un ser de palabras, de cursiva y espacios. De vacío y alambre. No más que legados, epitafios; epitafios en los muros de la ciudad que contiene los muertos por cáncer de vida. O algún trastorno peor.
En realidad deberías llorar. O aparecer por aquí. Podrías, incluso, jugar a entender mis rabietas. Descifrar lo que balbuceo. Darte por vencido, que siempre ha sido lo más cuerdo de esta locura.
Puede que no hayas visto las estrellas, o que estés por alguna de ellas, pero, ¿quién ha dicho que haya que verlas? Ni que de pronto alzásemos el vuelo.

Nunca estuviste en el cielo, eres de los que no vuelan.














enc.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuando dice no, es no. Y si no quiere salir ahí se queda, agazapada tras la manta y oyendo la llama naranja cantar en la hoguera. Vomitando a destajo alientos hirviendo sobre los charcos de sus manos heladas. Una guitarra suena en el fondo de su cigarro, que le sorbe los do y los fa, que, con furia, golpea las notas del piano de madera. En la otra mano, apuntando hacia el suelo de su boca, un ramillete de flores amarillas, y en el gatillo, su dedo crispado. Besando la botella, como nunca había besado a nadie, como nunca había amado unos labios, deja sus huellas de carmín en la entrada a los cielos. En la puerta del infierno.
Se disfraza de poeta envejecido, con voz rota y letra torcida, y perfila el rostro de una noche que le cruza por la mirada. Le hace sombra con el candil que se apaga en segunda, después de tomar la curva en quinta. Nunca ha escrito nada que mereciese la pena, ni siquiera sus penas eran dignas de ser cantadas, ni siquiera pensaba que lo fueran.
Se daba a las drogas. Por aquello de lo bohemio y de los colorines. Y así iba dejando caer alguna letra, las lanzaba al vuelo desde la ventana, en las servilletas de los bares, bailando en las aceras con la lluvia. En la mano de una chica guapa que le guiñaba el ojo.
Y así, pensaba que nada de lo que escribía merecía la pena, ni siquiera sus penas eran dignas de ser cantadas, ni siquiera pensaba que lo fuesen, pero aquello siempre le había hecho volar. Y lo cierto es que no levantaba los pies del suelo. Pero ya no estaba aquí, estaba drogándose para escribir, o escribiendo para drogarse.














enc.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Eras el cielo.
Diciembre. Y sus noches.
Conversar con versos.
La sombra de las nubes.
Aún no puedo escuchar a Nacho.
Quizás de corazones
iba la película
que nos miraba.
El sinsentido que reina
tras mi ventana
me dijo poesía.
Poesía de abrazos cruzados.
Morir o matar.
He jurado que volvería.
Pero ni cómo ni cuándo.
Eres la tierra.
Y he vuelto.
Al amor de garrafón.
Al cine de los 80.
A tu mueca y tu hoyuelo.
Perdóname.
Nunca supe querer.
Querer querer.
Deja que me clave al barro.
Ser huella.
Ser tierra.
Volar en charcos,
soltar amarras
y no despegar.
Mi cielo.
Y mi tierra.














enc.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Qué triste es que si no hay dolor no haya poesía.
Podría ponerme a debatir acerca de esta realidad, maldiciendo los retortijones y los achaques de los ataques, vomitando a los cuatro vientos gritos maheridos. Podría llorar sobre el papel y poner a secar las venas mojadas, aunque es cuando gotean cuando valen para algo más que para hacerme caminar. Podría encerrar los ojos en mis manos y dejarme llevar a un mar de más allá, más perdido que las luces de las calles de madrugada, cuando nadie las ve.
Pero no hoy. Hoy no habrá más oro o gloria, hoy solo serán sombras.
Te sentarás a mi lado a esperar, viéndolas venir al trasluz de la ventana, oyendo el picaporte en el corazón. Resuena la mañana y aún es medianoche, esperando a que todo acabe bien. Bucólico, onírico e ideal.
Y si no, siempre nos quedará la poesía en andamios de quebrantos y penas encubiertas.
¿Qué es lo que puede ofrecerte un salteador de caminos perdidos? Un costurero en los hilos, que han enredado mi vida...














enc.

jueves, 27 de octubre de 2011

Me salpica la cabeza de alfileres incadescentes entre las sienes. Pero me digo vamos allá, que te mueres por hacerlo y lo sabes. Y me respondo antes de que me cambie la pregunta, no vaya a ser que vuelva la duda a traicionar esos principios tan secundarios.
Sabrás que me encanta el olor a frío en los pañuelos, esos que vuelan al otoño como saludando a la lluvia que se enrosca en los pasos de los cruces de calles. Los coches pitando, el sabor a tabaco en las manos y los ojos guiñados de verte en azul. O en blanco. Los colores de diciembre.
Recordarás los parques y los bancos, las maderas y los ticket del cine. Las poesías en los bares con nubes de calefacción que aguardaban el vaho del vaso. O no. Quizás no lo recordarás. No lo recuerdes.
A veces me olvido de escribir. Tanta necesidad. Tanto iluso que dice que si no respiras no vives. Mentira. Si no escribes no vives. Y parece que no escribo. Y es que no vivo. Por eso pensarás que he dejado de latir. Y eso no es así. Nunca es así.
Me mudo como las hojas que planean de lado a lado. Yo tampoco busco porque no quiero encontrar. Quiero ser el polvo que se levanta de madrugada y que te golpea en la ventana, aquel cierzo que te eriza la piel y te arrastra lejos de esta ciudad, a un Madrid gris o a un París de luces. Qué bucólico y onírico. Qué hermosa mentira. Qué puta la vida.
No lo has soñado en todo este tiempo. Yo sueño por dos, por si se nos acaba el vino y de pronto quieres brindar por el ayer. O por el mañana. Yo sueño por dos.
¿Quién dijo que segundas partes no eran buenas?














enc.