-Estás cayendo.
-No, estoy volando.
Me encanta la idea
de que estés viendo el mismo cielo
al otro lado de la ciudad
y solo se me ocurre pensar
si ese rojo tan rojo
tú también lo ves arder.
Me encanta la idea
de no tener que dar bienvenidas
abrir ventanas
cerrar puertas
decir adiós.
Me encanta la idea
de querer andar de la mano
todas las calles
todos los días
sin tocarnos.
Me encanta la idea
de saber que la lealtad
se mide en silencios
en muchos silencios
y en las palabras justas
siempre
solo
cuando tocan.
Me encanta la idea
de saber elegir.
Si solo supiera hacer una cosa
solo querría
saber elegir.
Elijo hoy aquí y contigo.
Elijo sin ti.
Me encanta la idea
de jugármela todo
a una sola carta.
Y perder.
Besar los abismos,
quemarme,
gritar.
Me encanta la idea
de disparar sin recámara
solo balas
mucha herida para apuntar
poca sangre fría.
Pero
por encima de todo
me encanta la idea
de tirar los dados
y que salga casa
de encontrarlas
de construirlas
cada día
poco a poco
con manos
co(n)razón
con muchos puentes
y poco relojes
que midan tiempos
y que cuenten distancias.
(y cada vez quedan menos pozos
menos oscuridades
y menos salpicaduras)
enc.
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martes, 26 de enero de 2016
domingo, 26 de octubre de 2014
Hay tantos simulacros
hoy aquí
que he aprendido a bailar
con todos tus incendios.
Y cada vez me queda menos
de mujer de hielo
que se deshace por los ojos.
Hay tan poco mérito
en aprender a volar
que el vértigo es solo ya
otro lugar al que llegar.
Al igual
que todo acaba reducido
a lo mismo:
a domingos colgando de los dedos
enredando heridas cosidas
como quien teje nubes
sobre nubes
sin saber si quiere que no pare de llover
o que no llueva nunca más
Al final
lo que queda es eso:
un chándal de ausencias
con el que salir a correr
un domingo más
huyendo de nostalgias
que te besan los talones
o la boca
mientras sudas y lloras y llueves
y dejas de dar vueltas
al mismo puto círculo.
Como si el último domingo del mes
fuese a aparecer una esquina.
Por eso
de cobrar por adelantado
lo que nunca se queda atrás.
enc.
hoy aquí
que he aprendido a bailar
con todos tus incendios.
Y cada vez me queda menos
de mujer de hielo
que se deshace por los ojos.
Hay tan poco mérito
en aprender a volar
que el vértigo es solo ya
otro lugar al que llegar.
Al igual
que todo acaba reducido
a lo mismo:
a domingos colgando de los dedos
enredando heridas cosidas
como quien teje nubes
sobre nubes
sin saber si quiere que no pare de llover
o que no llueva nunca más
Al final
lo que queda es eso:
un chándal de ausencias
con el que salir a correr
un domingo más
huyendo de nostalgias
que te besan los talones
o la boca
mientras sudas y lloras y llueves
y dejas de dar vueltas
al mismo puto círculo.
Como si el último domingo del mes
fuese a aparecer una esquina.
Por eso
de cobrar por adelantado
lo que nunca se queda atrás.
enc.
martes, 8 de abril de 2014
Solo sé hacerme daño
cuando divido las noches
en dos partes
una que me lleva a ignorarte
y otra que se empeña en aullarte.
Y entonces ardo
quizá
esperando que vengas con todas tus olas
y tu arena
a enterrarme bajo tierra
o a apagarme
a dejarme sin cobertura
mientras tecleo y te veo
aquí a mi lado
como si no pensase
que verte de cerca es solo mirar cómo te alejas
o como cuando lloro frente a los espejos
y me río porque les miento
diciéndote que yo soy inmortal
que no estoy llorando
que solo es una forma más
de alargar el momento
en que por lo menos
estás tan adentro
que es más fácil
creer que este hielo
comienza a ser primavera
aunque ahí afuera
siga nevando
tan boca abajo
como este suelo
que empieza a patinar de agua
por todas las nubes
que no saben
alzar el vuelo.
Que echarte de más
solo es otra forma
de llorar de menos.
O viceversa.
enc.
cuando divido las noches
en dos partes
una que me lleva a ignorarte
y otra que se empeña en aullarte.
Y entonces ardo
quizá
esperando que vengas con todas tus olas
y tu arena
a enterrarme bajo tierra
o a apagarme
a dejarme sin cobertura
mientras tecleo y te veo
aquí a mi lado
como si no pensase
que verte de cerca es solo mirar cómo te alejas
o como cuando lloro frente a los espejos
y me río porque les miento
diciéndote que yo soy inmortal
que no estoy llorando
que solo es una forma más
de alargar el momento
en que por lo menos
estás tan adentro
que es más fácil
creer que este hielo
comienza a ser primavera
aunque ahí afuera
siga nevando
tan boca abajo
como este suelo
que empieza a patinar de agua
por todas las nubes
que no saben
alzar el vuelo.
Que echarte de más
solo es otra forma
de llorar de menos.
O viceversa.
enc.
jueves, 23 de mayo de 2013
Esta mañana le quemé las alas al alba
con la punta de un cigarro escupiendo humo.
Apunté al centro del ansia que me eleva
y que me flota mientras nado en esa nada
tan tuya y tan mía
tan llena de huecos como la ceniza que se nos pega a la ropa,
que envuelve tus camisas con el viento y baila entre mis cuerdas.
Y es que tiene sabor a noche y a primavera y a mucha cerveza
corriendo por las venas
desgastando las manos tras las orejas y los brillos de los dedos
entre tu pelo.
Pero ven y dime hoy que si grito en silencio la pólvora sabrá menos
a verano,
que si callo es porque me arranco a borbotones de tu lado,
que si me hundo es en el lodo y en el barro y lloro tierra
lloro tierra
ya no añoro si no son tus ojos y tus arañazos a bocajarro
ya no bajo a los infiernos para trepar a la luna de este mayo.
Ya no beso flores de loto cuando floto entre mis rotos.
Entre tus rotos.
Entre los esquemas y las quemaduras que se quedan en cueros.
Ya no lloro tierra por si lloro ríos.
O mares.
Todos los mares de tierra.
Todos los mares de la tierra.
enc.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Eras el cielo.
Diciembre. Y sus noches.
Conversar con versos.
La sombra de las nubes.
Aún no puedo escuchar a Nacho.
Quizás de corazones
iba la película
que nos miraba.
El sinsentido que reina
tras mi ventana
me dijo poesía.
Poesía de abrazos cruzados.
Morir o matar.
He jurado que volvería.
Pero ni cómo ni cuándo.
Eres la tierra.
Y he vuelto.
Al amor de garrafón.
Al cine de los 80.
A tu mueca y tu hoyuelo.
Perdóname.
Nunca supe querer.
Querer querer.
Deja que me clave al barro.
Ser huella.
Ser tierra.
Volar en charcos,
soltar amarras
y no despegar.
Mi cielo.
Y mi tierra.
enc.
Diciembre. Y sus noches.
Conversar con versos.
La sombra de las nubes.
Aún no puedo escuchar a Nacho.
Quizás de corazones
iba la película
que nos miraba.
El sinsentido que reina
tras mi ventana
me dijo poesía.
Poesía de abrazos cruzados.
Morir o matar.
He jurado que volvería.
Pero ni cómo ni cuándo.
Eres la tierra.
Y he vuelto.
Al amor de garrafón.
Al cine de los 80.
A tu mueca y tu hoyuelo.
Perdóname.
Nunca supe querer.
Querer querer.
Deja que me clave al barro.
Ser huella.
Ser tierra.
Volar en charcos,
soltar amarras
y no despegar.
Mi cielo.
Y mi tierra.
enc.
viernes, 8 de abril de 2011
Tres deseos.
Cinco dedos.
Dos minutos.
Susúrrale.
Eres poeta.
Ama en arte.
En clave de fa.
Sácala a bailar.
Luna menguante y el mar.
Puntos de luz en el agua.
Y en el cielo.
Bosteza la noche de calor.
Ruedan. Ruedan.
Arena entre las manos y la piel.
Bajo las pestañas.
Nudo de abrazos. Y duermen.
Dos deseos.
Diez dedos.
Un minuto.
Él abre los ojos.
Ella sueña.
La mira. La mira.
Rebota el sol en sus labios.
Se enreda en su pelo.
Se despeina en su piel.
De lejos, las olas.
Tenue. Suave.
Leve. Tibio.
El mundo no gira.
El tiempo se ha ido.
Solos. Solos.
Eternos.
Nudo de cuerpos.
Un deseo.
Dos dedos.
Tres segundos.
Ruido. Humo.
Choques. Tejados.
Ciudad.
Otro tiempo, otra vida.
Al fondo, en el costado, la playa.
Su-la-mi playa.
El mar en un tarro de cristal.
Algo de arena entre las ropas.
Una foto. La foto.
Enterrada en el sol de la luna.
En los portales de nuestro mundo.
Tan lejos. Tan cerca.
Avenidas y prisas.
No se oye el mar.
Horizonte ametrallado de asfalto.
Qué limpio de agua.
Volvamos mañana.
Gastados los deseos entre los labios.
Todos besados.
Amados con las horas hechas trizas.
Hechas segundos.
Dos manos son diez dedos.
Diez playas y diez noches.
Diez lunas y un faro.
Un sol.
Un sólo sol.
Con el que amanecer y volver.
A la realidad de la luz,
a la mentira de las sombras.
A donde no veo tus ojos pero los acaricio.
Los acaricio tan adentro que no oigo restallar el mar.
Me parece ciudad o me parece volar.
Mira cómo corre el tiempo.
No lo veo.
Ni lo quiero ver.
Volvamos mañana.
enc.
Cinco dedos.
Dos minutos.
Susúrrale.
Eres poeta.
Ama en arte.
En clave de fa.
Sácala a bailar.
Luna menguante y el mar.
Puntos de luz en el agua.
Y en el cielo.
Bosteza la noche de calor.
Ruedan. Ruedan.
Arena entre las manos y la piel.
Bajo las pestañas.
Nudo de abrazos. Y duermen.
Dos deseos.
Diez dedos.
Un minuto.
Él abre los ojos.
Ella sueña.
La mira. La mira.
Rebota el sol en sus labios.
Se enreda en su pelo.
Se despeina en su piel.
De lejos, las olas.
Tenue. Suave.
Leve. Tibio.
El mundo no gira.
El tiempo se ha ido.
Solos. Solos.
Eternos.
Nudo de cuerpos.
Un deseo.
Dos dedos.
Tres segundos.
Ruido. Humo.
Choques. Tejados.
Ciudad.
Otro tiempo, otra vida.
Al fondo, en el costado, la playa.
Su-la-mi playa.
El mar en un tarro de cristal.
Algo de arena entre las ropas.
Una foto. La foto.
Enterrada en el sol de la luna.
En los portales de nuestro mundo.
Tan lejos. Tan cerca.
Avenidas y prisas.
No se oye el mar.
Horizonte ametrallado de asfalto.
Qué limpio de agua.
Volvamos mañana.
Gastados los deseos entre los labios.
Todos besados.
Amados con las horas hechas trizas.
Hechas segundos.
Dos manos son diez dedos.
Diez playas y diez noches.
Diez lunas y un faro.
Un sol.
Un sólo sol.
Con el que amanecer y volver.
A la realidad de la luz,
a la mentira de las sombras.
A donde no veo tus ojos pero los acaricio.
Los acaricio tan adentro que no oigo restallar el mar.
Me parece ciudad o me parece volar.
Mira cómo corre el tiempo.
No lo veo.
Ni lo quiero ver.
Volvamos mañana.
enc.
domingo, 20 de marzo de 2011
Fumemos en paz como si nos fuese la vida en ello.
Afuera se hizo la guerra pero tu cama es metralla a mi cuerpo de cera.
Vienen por nosotros pero nos da tiempo a terminar de amarnos.
Por si aún no hemos empezado.
Ráyame tu poema favorito entre un brazo y el bazo.
Lámeme del cuello al extremo del verso, a la punta de mis dedos.
La luz arde en la noche y se oyen misiles cerca de tu pecho.
Coges un papel y escribes mi nombre.
Yo lo arrugo y lo hago volar.
Me miras. Me besas. Me miras. Me besas.
Me miras.
Una bala te despeina.
Comparto tus besos con una botella.
Ella gana. Siempre gana.
A la muralla.
Ahora te ríes de mi corazón coraza.
Cuando te bailan las balas mientras apagas la llama.
Una impacta y te sacude las entrañas.
Me besas.
Te miro.
Me besas.
Te beso.
Te miro.
Te beso. Te beso. Te beso.
Te miro.
enc.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Querido nadie:
Suena tu canción.
En la calle, llueve.
Es invierno mientras el sol luce.
Encarnado se ha bebido mi sangre.
Pero no hace frío.
Sólo en mis manos.
Ya debes estar cerca de París.
Y eso que nunca te gustó Baudelaire.
Ni Salinas:
tú no creías en el amor.
Y yo...
¿yo creía?
Yo siempre me declare agnóstica.
Por eso del miedo,
de la ignorancia
o del olvido.
Vibra tu corchea,
que no es tuya,
pero a mi me sabe a tu voz.
No es Nacho
ni Iván,
ni Quique.
No tiene nombre,
porque nunca me lo llegaste a decir.
Tejías misterios cada vez que me mirabas
y yo me enredé en ellos,
en todos ellos.
Te dije que no me gustaban los enigmas,
porque nunca encontraba la solución.
Y tú te reías.
Te reías.
Y el agua brotaba cristalina
dejándose resbalar en un tiempo quieto,
en las noches eternas
y en los hijos entretejidos
de una flor deshojándose.
O marchitándose.
Y eramos ciegos de luz.
Verdugos a la horca,
cautivos del deseo
que no terminó de explotar.
Y fue la guerra y la palabra,
la pluma y el tintero;
echamos a volar.
Y hoy es otro día.
Otro ayer,
otra cruz al calendario
otro mono de ansiedad.
Otro cigarro en soledad.
Y tú,
te ríes.
Y mira que es bonita,
tu risa.
enc.
Suena tu canción.
En la calle, llueve.
Es invierno mientras el sol luce.
Encarnado se ha bebido mi sangre.
Pero no hace frío.
Sólo en mis manos.
Ya debes estar cerca de París.
Y eso que nunca te gustó Baudelaire.
Ni Salinas:
tú no creías en el amor.
Y yo...
¿yo creía?
Yo siempre me declare agnóstica.
Por eso del miedo,
de la ignorancia
o del olvido.
Vibra tu corchea,
que no es tuya,
pero a mi me sabe a tu voz.
No es Nacho
ni Iván,
ni Quique.
No tiene nombre,
porque nunca me lo llegaste a decir.
Tejías misterios cada vez que me mirabas
y yo me enredé en ellos,
en todos ellos.
Te dije que no me gustaban los enigmas,
porque nunca encontraba la solución.
Y tú te reías.
Te reías.
Y el agua brotaba cristalina
dejándose resbalar en un tiempo quieto,
en las noches eternas
y en los hijos entretejidos
de una flor deshojándose.
O marchitándose.
Y eramos ciegos de luz.
Verdugos a la horca,
cautivos del deseo
que no terminó de explotar.
Y fue la guerra y la palabra,
la pluma y el tintero;
echamos a volar.
Y hoy es otro día.
Otro ayer,
otra cruz al calendario
otro mono de ansiedad.
Otro cigarro en soledad.
Y tú,
te ríes.
Y mira que es bonita,
tu risa.
enc.
viernes, 11 de febrero de 2011
Decíase herido. O herida.
Rezaba poeta.
Una dirección cercana a la noche.
Lindando con una brecha de luna.
Supurante.
Un número de serie.
Un código de barras.
Una casualidad.
Una tarde. O dos.
O ya era noche.
Un disparo a la cabeza,
una bala al corazón.
Un transeúnte solitario,
un alma errante,
un ideal desconocido.
Cine en las calles.
De invierno enero.
De primaverales versos.
Se marcha el sol.
Se lo beben los kamikazes,
dispuestos a un suicidio
por el que renacer.
Talibán.
En el fondo no era poeta.
Ni yo.
Ni pretendía curarse.
¿Dejar de ser herida?
Yo empezaba a ser arañazo.
Asomaba un diamante escarlata.
Comenzaba a engordar,
a dejarse rodar.
¿Y si somos dos heridos?
Que nos cure la palabra,
o el beso,
o el mañana,
o el qué más da.
Herida hirió.
Eramos dos heridos graves.
De muerte.
O de vida.
Decíase herida.
Poeta llamado herida.
enc.
Rezaba poeta.
Una dirección cercana a la noche.
Lindando con una brecha de luna.
Supurante.
Un número de serie.
Un código de barras.
Una casualidad.
Una tarde. O dos.
O ya era noche.
Un disparo a la cabeza,
una bala al corazón.
Un transeúnte solitario,
un alma errante,
un ideal desconocido.
Cine en las calles.
De invierno enero.
De primaverales versos.
Se marcha el sol.
Se lo beben los kamikazes,
dispuestos a un suicidio
por el que renacer.
Talibán.
En el fondo no era poeta.
Ni yo.
Ni pretendía curarse.
¿Dejar de ser herida?
Yo empezaba a ser arañazo.
Asomaba un diamante escarlata.
Comenzaba a engordar,
a dejarse rodar.
¿Y si somos dos heridos?
Que nos cure la palabra,
o el beso,
o el mañana,
o el qué más da.
Herida hirió.
Eramos dos heridos graves.
De muerte.
O de vida.
Decíase herida.
Poeta llamado herida.
enc.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Llorar para no sentir solo un calendario,
el paso de los días,
el lejano golpeteo de unas gotas de lluvia
en una sombra de uralita.
La base del estribillo.
Y el grito de una guitarra.
Para qué callar
si los gestos hablan de más.
Las navajas de luna,
que se clavan en las noches
más agrias
con sabor a ausencia.
A la soledad de tu estela desapareciendo,
perdiéndose en las calles que te tragan,
en los coches que derrapan,
y camuflan tus sonrisas desde la esquina.
Háblame de poesía,
que no sé lo que es,
llevo sin saber como quien bebe sin sed,
sin ansia ni deseo
de unos labios etéreos,
de un vacío existencial.
Nunca la palabra había tomado significado,
sentido,
verdad,
realidad.
-¿Qué palabra?
La que ahora me trabas
porque desde tu halo de sensatez impones que me trabe,
desde tu aura de magnificiencia
que me turba y me idealiza
una realidad gris y lúgubre.
Taciturno el día que muere y con él el párrafo.
La última gota del vino con el que brindamos.
La última nota del vals que bailamos solos y rodeados de todos.
El último beso que sabía a coma, a coma de enumeración y de dos puntos.
De comienzo y de inspiración.
-Pero, ¿de qué palabra hablabas?
enc.
el paso de los días,
el lejano golpeteo de unas gotas de lluvia
en una sombra de uralita.
La base del estribillo.
Y el grito de una guitarra.
Para qué callar
si los gestos hablan de más.
Las navajas de luna,
que se clavan en las noches
más agrias
con sabor a ausencia.
A la soledad de tu estela desapareciendo,
perdiéndose en las calles que te tragan,
en los coches que derrapan,
y camuflan tus sonrisas desde la esquina.
Háblame de poesía,
que no sé lo que es,
llevo sin saber como quien bebe sin sed,
sin ansia ni deseo
de unos labios etéreos,
de un vacío existencial.
Nunca la palabra había tomado significado,
sentido,
verdad,
realidad.
-¿Qué palabra?
La que ahora me trabas
porque desde tu halo de sensatez impones que me trabe,
desde tu aura de magnificiencia
que me turba y me idealiza
una realidad gris y lúgubre.
Taciturno el día que muere y con él el párrafo.
La última gota del vino con el que brindamos.
La última nota del vals que bailamos solos y rodeados de todos.
El último beso que sabía a coma, a coma de enumeración y de dos puntos.
De comienzo y de inspiración.
-Pero, ¿de qué palabra hablabas?
enc.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana.
Vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y maliciento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Si muero hoy qué callé,
que no dije,
y qué se aleja tras de mí.
Vaho y tormenta que aflautan
las voces de los fríos
para ser menos fríos
entre las manos de un amor
cada vez más amargo
y cada vez menos amor.
Letargo
de una noche de princesas
de cuentos y nanas,
de párpados caídos y sonrisas incipientes.
El miedo,
y ese corazón coraza,
esa loriga a cuestas
y a rastras.
Ese peso incandescente,
leve,
que eleva la voz como lo hace el alma,
pero no,
y no,
sólo la voz,
la que se traba, la que se queda en la garganta,
el resto, los restos
huesos de besos
lo dicho
lo por decir
y lo que nunca
lo que todo
se comió el miedo.
Cada vez más nada
más llena de todo
de una plenitud que no rebasa,
de un idas y venidas
de una ida,
y ninguna venida.
Que te espero
que te desespero
en una estrofa, en una película en blanco y negro
en un desgarro de guitarra, en un grito tendido al viento.
Baila, con mi miedo.
A mí, se me enredan los pies.
Que el poeta en su misión,
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
enc.
es la voz funeral de una campana.
Vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y maliciento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Si muero hoy qué callé,
que no dije,
y qué se aleja tras de mí.
Vaho y tormenta que aflautan
las voces de los fríos
para ser menos fríos
entre las manos de un amor
cada vez más amargo
y cada vez menos amor.
Letargo
de una noche de princesas
de cuentos y nanas,
de párpados caídos y sonrisas incipientes.
El miedo,
y ese corazón coraza,
esa loriga a cuestas
y a rastras.
Ese peso incandescente,
leve,
que eleva la voz como lo hace el alma,
pero no,
y no,
sólo la voz,
la que se traba, la que se queda en la garganta,
el resto, los restos
huesos de besos
lo dicho
lo por decir
y lo que nunca
lo que todo
se comió el miedo.
Cada vez más nada
más llena de todo
de una plenitud que no rebasa,
de un idas y venidas
de una ida,
y ninguna venida.
Que te espero
que te desespero
en una estrofa, en una película en blanco y negro
en un desgarro de guitarra, en un grito tendido al viento.
Baila, con mi miedo.
A mí, se me enredan los pies.
Que el poeta en su misión,
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
enc.
domingo, 14 de noviembre de 2010
Inicio.
Dos puntos.
Querido nadie.
Una nube, un resbalón de agua
un retrato a carboncillo
un escalofrío que sabe a hielo.
Te llamo
a la luz de unas manos sucias
oscuras de niebla y noche
fumar por fumar
llorar por llorar.
Hoy era importante.
Cumplíamos años.
No de uno en uno.
Pares y cogidos, mano con mano.
Cogimos carrerilla,
curvas y frenazos,
ni una coma
ni un solo punto.
Querido tú.
No sabes ni dónde te quiero.
Dentro y a la izquierda
a la altura de un abrazo.
Bonito, bonito te quiero.
Hoy las flores negras.
Tus libros sembraban hojas secas
lirios cada vez que cantabas.
Querido yo.
Hoy silencios.
Nos otorgan la palabra,
que dejó de ser palabra,
y nació lápida y vocal.
Hoy más ayer igual nunca.
Qué raro.
Amor infinitivo.
Tú personal.
Yo. Yo, ¿qué?
Yo y un entierro.
Un segundo que echaste a volar
a otros cielos
donde amor es pretérito
tú las alturas
yo
el subsuelo
el esqueleto
de dentro a la izquierda.
A la altura de un abrazo.
Firmado.
El primer punto
de nuestro párrafo.
Punto y aparte.
enc.
Dos puntos.
Querido nadie.
Una nube, un resbalón de agua
un retrato a carboncillo
un escalofrío que sabe a hielo.
Te llamo
a la luz de unas manos sucias
oscuras de niebla y noche
fumar por fumar
llorar por llorar.
Hoy era importante.
Cumplíamos años.
No de uno en uno.
Pares y cogidos, mano con mano.
Cogimos carrerilla,
curvas y frenazos,
ni una coma
ni un solo punto.
Querido tú.
No sabes ni dónde te quiero.
Dentro y a la izquierda
a la altura de un abrazo.
Bonito, bonito te quiero.
Hoy las flores negras.
Tus libros sembraban hojas secas
lirios cada vez que cantabas.
Querido yo.
Hoy silencios.
Nos otorgan la palabra,
que dejó de ser palabra,
y nació lápida y vocal.
Hoy más ayer igual nunca.
Qué raro.
Amor infinitivo.
Tú personal.
Yo. Yo, ¿qué?
Yo y un entierro.
Un segundo que echaste a volar
a otros cielos
donde amor es pretérito
tú las alturas
yo
el subsuelo
el esqueleto
de dentro a la izquierda.
A la altura de un abrazo.
Firmado.
El primer punto
de nuestro párrafo.
Punto y aparte.
enc.
sábado, 6 de noviembre de 2010
El sentido
que toma una palabra
calla
cuando hablan los silencios
por encima de los ojos cerrados
de los puños abiertos
de los puzzles sin montar.
Las guerras inacabadas
las frases a medio hablar
las fotos de pared y polvo
no acatan las reglas
del bien y el mal
no escuchas cuando alzo la voz
no me ves y no te veo
y te vas y te vas y te vas
y no corro, no corro
la noche me da miedo
por qué
por qué
tienes las manos frías
y yo ardo
no lo merezco
o sí
pero te vas, te vas
y estás lejos y hay humo
humo y distorsión
inercia
no quiero alargar la mano
el tiempo me asusta
y me acusa
y no oigo y no entiendo
no entiendo
por qué
por qué
qué hay en tu cabeza
que ni las fronteras ni los telones
ni el insulto ni el juez
sólo el silencio
hijo de puta
cállate
cállate
y levanta la voz
que ya no la noche
el silencio
el silencio
me arranca la voz.
Silencio.
enc.
que toma una palabra
calla
cuando hablan los silencios
por encima de los ojos cerrados
de los puños abiertos
de los puzzles sin montar.
Las guerras inacabadas
las frases a medio hablar
las fotos de pared y polvo
no acatan las reglas
del bien y el mal
no escuchas cuando alzo la voz
no me ves y no te veo
y te vas y te vas y te vas
y no corro, no corro
la noche me da miedo
por qué
por qué
tienes las manos frías
y yo ardo
no lo merezco
o sí
pero te vas, te vas
y estás lejos y hay humo
humo y distorsión
inercia
no quiero alargar la mano
el tiempo me asusta
y me acusa
y no oigo y no entiendo
no entiendo
por qué
por qué
qué hay en tu cabeza
que ni las fronteras ni los telones
ni el insulto ni el juez
sólo el silencio
hijo de puta
cállate
cállate
y levanta la voz
que ya no la noche
el silencio
el silencio
me arranca la voz.
Silencio.
enc.
viernes, 23 de abril de 2010
A veces,
pienso en el instante,
bajo el cual,
si yo fuera tú,
y mi vida no fuese un compás,
amarraría entre tus costillas
un grito salvaje
de despedida la cacofonía,
y de rotos y descosidos,
que sonase a dolor,
a miedo e intriga,
y te dejaría relamer
los huesos del revés
para que huelas
para que bebas
que mi no no es negación,
que trabo mi voz
para que leas
que nunca te quise
y quise un azul para mis ropas
que tiendo entre las calles
porque llueve entre las farolas
sí
llueve, amor
y mi agua destilada es hiel
miel que desfila ante mis ojos
y
yo,
aquí
no entiendo nada
ya no entiendo ni mis pasos
ni el rugir que lo provoca.
Afilo los cuchillos
con mis lápices de colores
de no pintar soles
y desear
un berrido esquivo y callado
un dolor que sabe a nada
-pero que llevo atado-
nada
eso es lo que soy.
Nada.
enc.
pienso en el instante,
bajo el cual,
si yo fuera tú,
y mi vida no fuese un compás,
amarraría entre tus costillas
un grito salvaje
de despedida la cacofonía,
y de rotos y descosidos,
que sonase a dolor,
a miedo e intriga,
y te dejaría relamer
los huesos del revés
para que huelas
para que bebas
que mi no no es negación,
que trabo mi voz
para que leas
que nunca te quise
y quise un azul para mis ropas
que tiendo entre las calles
porque llueve entre las farolas
sí
llueve, amor
y mi agua destilada es hiel
miel que desfila ante mis ojos
y
yo,
aquí
no entiendo nada
ya no entiendo ni mis pasos
ni el rugir que lo provoca.
Afilo los cuchillos
con mis lápices de colores
de no pintar soles
y desear
un berrido esquivo y callado
un dolor que sabe a nada
-pero que llevo atado-
nada
eso es lo que soy.
Nada.
enc.
martes, 13 de abril de 2010
Caerá una y mil veces.
Caerá con la noche y hasta la lluvia.
Inherte.
Coherente.
E indiferente.
Todo resbala por la piel de marfil,
por las lágrimas del correo postal,
por la sonrisa clavada del revés.
Las manos en los bolsillos.
Pendientes del donde estés,
atraviados en música,
se enredarán en despidos,
en las comisuras de bocas
en
la
que
no
hubieron
besos.
Viólame.
Arráncame el corazón,
y dególlalo.
Que de los versos del preso
sólo libertan
los huesos de los besos.
Que ya no quedan. Que ya no quedan.
La piel. Han quemado la piel.
La bandera que ondea
firme y enhiesta
es piel.
La piel de hoja y lija,
coja, rija, roja y arija.
Para hacer un tambor.
Que si yo no canto lo haga mi pellejo.
Que si yo no ladro lo hagan mis escamas.
Que si yo no vivo que lo haga mi estandarte.
Que si yo no soy poeta...
Que si yo no soy poeta...
Que lo sean mis lágrimas y su cauce que se seca.
Que lo sean mis manos desiertas.
enc.
Caerá con la noche y hasta la lluvia.
Inherte.
Coherente.
E indiferente.
Todo resbala por la piel de marfil,
por las lágrimas del correo postal,
por la sonrisa clavada del revés.
Las manos en los bolsillos.
Pendientes del donde estés,
atraviados en música,
se enredarán en despidos,
en las comisuras de bocas
en
la
que
no
hubieron
besos.
Viólame.
Arráncame el corazón,
y dególlalo.
Que de los versos del preso
sólo libertan
los huesos de los besos.
Que ya no quedan. Que ya no quedan.
La piel. Han quemado la piel.
La bandera que ondea
firme y enhiesta
es piel.
La piel de hoja y lija,
coja, rija, roja y arija.
Para hacer un tambor.
Que si yo no canto lo haga mi pellejo.
Que si yo no ladro lo hagan mis escamas.
Que si yo no vivo que lo haga mi estandarte.
Que si yo no soy poeta...
Que si yo no soy poeta...
Que lo sean mis lágrimas y su cauce que se seca.
Que lo sean mis manos desiertas.
enc.
sábado, 30 de enero de 2010
Yo
siempre
quise
subir
a lo más alto,
porque pensaba
que los sueños
dormían en las alturas.
Que en los suburbios,
de las grandes ciudades,
la poesía se escribía en las aceras,
y nacía de las camisas sin mangas
y los pantalones con remiendos.
Yo
nunca
quise
bajar
al subsuelo,
porque sabía
que si no estaba en las nubes
no podría respirar.
Que los cuchillos y los lápices,
se afilan al matar,
y son iguales en la diferencia
de clavarse,
uno en la piel, otro en la palabra.
Uno rasga el músculo y el cuerpo,
otro el alma y el corazón.
Yo
me
derrito
al sol de enero
y me quemo
con el hielo
de la mirada fría,
del adiós premeditado,
de los besos sin sal,
de las caricias sin azúcar.
Yo me ahogo
en las lágrimas de dolor,
en los vasos medio vacíos,
en las azoteas
donde conviven
los sueños de los que sueñan
y los restos de sueños de los que dejaron de soñar.
En los posos del café,
en las curvas cerradas,
en el jaque mate.
Yo
no
puedo
vivir
sin cerrar los ojos
y abrirlos
por encima de los cementerios
donde mueren los sueños.
Yo
no
puedo
estar
sin
ti.
enc.
siempre
quise
subir
a lo más alto,
porque pensaba
que los sueños
dormían en las alturas.
Que en los suburbios,
de las grandes ciudades,
la poesía se escribía en las aceras,
y nacía de las camisas sin mangas
y los pantalones con remiendos.
Yo
nunca
quise
bajar
al subsuelo,
porque sabía
que si no estaba en las nubes
no podría respirar.
Que los cuchillos y los lápices,
se afilan al matar,
y son iguales en la diferencia
de clavarse,
uno en la piel, otro en la palabra.
Uno rasga el músculo y el cuerpo,
otro el alma y el corazón.
Yo
me
derrito
al sol de enero
y me quemo
con el hielo
de la mirada fría,
del adiós premeditado,
de los besos sin sal,
de las caricias sin azúcar.
Yo me ahogo
en las lágrimas de dolor,
en los vasos medio vacíos,
en las azoteas
donde conviven
los sueños de los que sueñan
y los restos de sueños de los que dejaron de soñar.
En los posos del café,
en las curvas cerradas,
en el jaque mate.
Yo
no
puedo
vivir
sin cerrar los ojos
y abrirlos
por encima de los cementerios
donde mueren los sueños.
Yo
no
puedo
estar
sin
ti.
enc.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Me libré,
de cadenas amarradas
a las anclas de
los puertos.
Frente al cabo,
ante una noche moribunda
juré lealtad
y levanté la mano
con la palma blanca.
Sobre un telar,
de recuerdos y fotografias
de papel celofán
hilé un tiempo
que me perseguía,
pero dejó de hacerlo,
y ahora lo persigo yo.
Le pido que me espere,
que va demasiado deprisa,
me fatigo,
y me doblo a resollar.
Pierdo su sombra entre vasos,
y entre demasiado tabaco,
demasiado tabaco,
y poco aire.
Mi escondite, mi arboleda,
mi caverna, mi almohada.
Después,
de unos colores oscuros,
un refulgente plateado,
y un sangrante colorado.
Después,
no hay nada.
O nada,
que quiera ver,
que quiera vislumbrar,
tras la pared de tinieblas,
que se levanta,
que se alza.
Y no,
ya no,
débil y acurrucado,
en brazos de una deriva,
de más humo,
y más tabaco.
Imposible levantar el vuelo.
Imposible.
No quedan alas para volar
en cielos nublados,
las gasté todas,
todas,
para comprar alcohol
y un nuevo corazón.
Imponente se aproxima,
cada vez más cerca,
más cerca.
Y no es posible,
que ardan,
que quemen,
que iluminen,
que se apaguen.
Se apague.
Todo.
Noche perpetua,
y una única luz.
La de la ceniza
de mi cigarro,
que anaranjada,
entre vientos,
mantiene cálida,
pero,
después,
al fin,
también,
todo,
se apaga.
Se apaga.
Tan
oscura
la
noche,
que
no
deja
ver,
la
única
luz
que
quedaba
en
las
estrellas.
enc.
de cadenas amarradas
a las anclas de
los puertos.
Frente al cabo,
ante una noche moribunda
juré lealtad
y levanté la mano
con la palma blanca.
Sobre un telar,
de recuerdos y fotografias
de papel celofán
hilé un tiempo
que me perseguía,
pero dejó de hacerlo,
y ahora lo persigo yo.
Le pido que me espere,
que va demasiado deprisa,
me fatigo,
y me doblo a resollar.
Pierdo su sombra entre vasos,
y entre demasiado tabaco,
demasiado tabaco,
y poco aire.
Mi escondite, mi arboleda,
mi caverna, mi almohada.
Después,
de unos colores oscuros,
un refulgente plateado,
y un sangrante colorado.
Después,
no hay nada.
O nada,
que quiera ver,
que quiera vislumbrar,
tras la pared de tinieblas,
que se levanta,
que se alza.
Y no,
ya no,
débil y acurrucado,
en brazos de una deriva,
de más humo,
y más tabaco.
Imposible levantar el vuelo.
Imposible.
No quedan alas para volar
en cielos nublados,
las gasté todas,
todas,
para comprar alcohol
y un nuevo corazón.
Imponente se aproxima,
cada vez más cerca,
más cerca.
Y no es posible,
que ardan,
que quemen,
que iluminen,
que se apaguen.
Se apague.
Todo.
Noche perpetua,
y una única luz.
La de la ceniza
de mi cigarro,
que anaranjada,
entre vientos,
mantiene cálida,
pero,
después,
al fin,
también,
todo,
se apaga.
Se apaga.
Tan
oscura
la
noche,
que
no
deja
ver,
la
única
luz
que
quedaba
en
las
estrellas.
enc.
domingo, 27 de septiembre de 2009
En las ventanas abiertas se tienden,
a todo trapo,
las sonrisas sucias de usar a diario,
llenas de goterones de grasa
que lubrican los gozones
de las puertas de los caminos.
En las brújulas del norte,
se instala un sur cretino,
que miente,
que miente,
y no truena el edén
cuando un tren silba en el andén,
y se anuncia por megafonía
y sólo suena una sintonía,
que recuerda a las paredes de prisiones,
donde yacen cuerpos de revoluciones,
cenicientos de orgullo,
y llamas de prejuicios entre murmullos.
Perecieron en una guerra sin fin,
en una idea afín.
Cuando en los ojos cristalinos,
de la pureza del destino,
transpapela el odio,
y narra la fobia el episodio,
el episodio,
de la cruenta muerte de la sonrisa truncada
por un pincel sin madera empapelada,
sobre la que cincelar con navajas
mil historias de vidas desmanteladas.
El holocausto de un alma de tabaco,
ahogada en efluvios de amoniaco,
abrazada a un quebranto
que tirita cada noche de espanto,
cuando asoma la luna y es de día,
cuando no acaba la apatía,
cualquier sentimiento que late,
al ritmo exuberante del combate.
Y se aproximan las espadas en punta y sangre,
y del hierro forjado gotea la palangre,
resultado de jugarse a trampas un cuerpo de alambre,
y por obtener el laurel que corona la testa
y una medalla al pecho que conjunta, con ésta, enhiesta.
Por acribillar el hambre al agua,
y hundir la sed en la fragua,
con la que fundir el perdón
que ondea en un ancho pendón.
Perdón inamovible en un muro de cartón,
forrado de venas que desembocan en todo corazón,
como se dispara de la lengua un sucio bribón
que suena a música de silencio y resignación.
Y acepto.
Acepto la mano que me tiende tu palabra endeble,
y me creo lo que chispea por tu fanal,
que veo a través de las nubes en faro austral.
Navego en una deriva que sabe a equilibrista,
y con miedo camino en la cuerda derrotista,
con tan solo una vara de promesas que me sustenta
a un verano nevado que no contenta,
al otoño reseco, de los días de llantos
y lluvias torrenciales que golpean de canto,
y solo calan en el lado del llanto.
Se aproxima el final donde caigo al suelo,
sin consuelo,
sacudo a ramalazos los alfileres de caramelo,
que al chupar endulzan el cielo,
pero que tras lamer dejan en la lengua restos de miedos.
Me abro la camisa y saltan los botones,
y cuando rescato del nudo de jirones
lo que queda del órgano y sus adulaciones,
niebla una pregunta mi cabeza,
que no oso responder con certeza,
pues desconozco toda naturaleza,
por la que hoy,
por la que hoy,
destino mi tiempo y empeño
a la conquista de un imperio
edificado en una pirámide de esquelas
que con un soplo de las tinieblas,
acabará derruido y siniestrado
y mi vocablo de arma abandonado.
Abandonado, como una palabra.
Como un sólo montón de palabras.
enc.
a todo trapo,
las sonrisas sucias de usar a diario,
llenas de goterones de grasa
que lubrican los gozones
de las puertas de los caminos.
En las brújulas del norte,
se instala un sur cretino,
que miente,
que miente,
y no truena el edén
cuando un tren silba en el andén,
y se anuncia por megafonía
y sólo suena una sintonía,
que recuerda a las paredes de prisiones,
donde yacen cuerpos de revoluciones,
cenicientos de orgullo,
y llamas de prejuicios entre murmullos.
Perecieron en una guerra sin fin,
en una idea afín.
Cuando en los ojos cristalinos,
de la pureza del destino,
transpapela el odio,
y narra la fobia el episodio,
el episodio,
de la cruenta muerte de la sonrisa truncada
por un pincel sin madera empapelada,
sobre la que cincelar con navajas
mil historias de vidas desmanteladas.
El holocausto de un alma de tabaco,
ahogada en efluvios de amoniaco,
abrazada a un quebranto
que tirita cada noche de espanto,
cuando asoma la luna y es de día,
cuando no acaba la apatía,
cualquier sentimiento que late,
al ritmo exuberante del combate.
Y se aproximan las espadas en punta y sangre,
y del hierro forjado gotea la palangre,
resultado de jugarse a trampas un cuerpo de alambre,
y por obtener el laurel que corona la testa
y una medalla al pecho que conjunta, con ésta, enhiesta.
Por acribillar el hambre al agua,
y hundir la sed en la fragua,
con la que fundir el perdón
que ondea en un ancho pendón.
Perdón inamovible en un muro de cartón,
forrado de venas que desembocan en todo corazón,
como se dispara de la lengua un sucio bribón
que suena a música de silencio y resignación.
Y acepto.
Acepto la mano que me tiende tu palabra endeble,
y me creo lo que chispea por tu fanal,
que veo a través de las nubes en faro austral.
Navego en una deriva que sabe a equilibrista,
y con miedo camino en la cuerda derrotista,
con tan solo una vara de promesas que me sustenta
a un verano nevado que no contenta,
al otoño reseco, de los días de llantos
y lluvias torrenciales que golpean de canto,
y solo calan en el lado del llanto.
Se aproxima el final donde caigo al suelo,
sin consuelo,
sacudo a ramalazos los alfileres de caramelo,
que al chupar endulzan el cielo,
pero que tras lamer dejan en la lengua restos de miedos.
Me abro la camisa y saltan los botones,
y cuando rescato del nudo de jirones
lo que queda del órgano y sus adulaciones,
niebla una pregunta mi cabeza,
que no oso responder con certeza,
pues desconozco toda naturaleza,
por la que hoy,
por la que hoy,
destino mi tiempo y empeño
a la conquista de un imperio
edificado en una pirámide de esquelas
que con un soplo de las tinieblas,
acabará derruido y siniestrado
y mi vocablo de arma abandonado.
Abandonado, como una palabra.
Como un sólo montón de palabras.
enc.
lunes, 13 de julio de 2009
Trabadelo, 28 de Junio de 2009
No me quiere,
cuando me rompo en cristales,
no me corta.
No me quiere,
ni cuando te canto mil canciones,
y te escribo poesía bajo las estrellas.
Ni cuando ladro bajo tu puerta,
ni cuando lamo mis heridas,
ni cuando guardo bajo el colchón tus mentiras.
No existo,
lo sabes,
no existo.
Me gusta cuando me ignoras,
y me haces nada.
Me gustar ser nadie,
y que tú seas mi todo.
No me quiere,
y no me gusta,
estar en un camino,
que no acaba en tus labios;
ni ser el perro guardián
para cuando en las noches,
aulles tus pesadillas a la luna.
Átame a un candado, entierra la llave,
tírame al río, y esposa mis manos.
No me quiere, pero me gusta,
mirarte de reojo y no dejarme verte.
Me gusta. Mucho.
Patear esquinas sin rosa de los vientos,
y dar puñetazos a los cruces de caminos.
Me gusta partir el tiempo en dos,
y siempre guardar una mitad para ti.
y desobedecer tus leyes,
e incumplir mis ideales.
No me quiere.
Aún así, me gusta.
Que me odie,
que me mate,
que me olvide.
Me gusta.
Que me haga vivir.
enc.
No me quiere,
cuando me rompo en cristales,
no me corta.
No me quiere,
ni cuando te canto mil canciones,
y te escribo poesía bajo las estrellas.
Ni cuando ladro bajo tu puerta,
ni cuando lamo mis heridas,
ni cuando guardo bajo el colchón tus mentiras.
No existo,
lo sabes,
no existo.
Me gusta cuando me ignoras,
y me haces nada.
Me gustar ser nadie,
y que tú seas mi todo.
No me quiere,
y no me gusta,
estar en un camino,
que no acaba en tus labios;
ni ser el perro guardián
para cuando en las noches,
aulles tus pesadillas a la luna.
Átame a un candado, entierra la llave,
tírame al río, y esposa mis manos.
No me quiere, pero me gusta,
mirarte de reojo y no dejarme verte.
Me gusta. Mucho.
Patear esquinas sin rosa de los vientos,
y dar puñetazos a los cruces de caminos.
Me gusta partir el tiempo en dos,
y siempre guardar una mitad para ti.
y desobedecer tus leyes,
e incumplir mis ideales.
No me quiere.
Aún así, me gusta.
Que me odie,
que me mate,
que me olvide.
Me gusta.
Que me haga vivir.
enc.
viernes, 10 de julio de 2009
Cacabelos, 27 de Junio de 2009
Sol, calienta mi piel,
bajo el cielo estrellado,
despierta tu olor.
Es tardío el rosáceo vespertino,
mas aún en mis piernas sufre el camino.
No quiero ayuda, no soy frágil,
aunque me rompa
y de mis pedazos, cenizas de marfil.
De la brisa y de los vientos
constantes alientos;
del verde y el amarillo
el canto de un grillo.
Canto rodado, kilómetros,
sumas que restan
a una cifra redonda
que asusta y teme.
Bronceado el campo,
bajo el que camino.
La huella, perenne, de años
de historia, de pasos
y de pesos.
El camino de las estrellas,
entre constelación, contemplación y norte,
de vieiras los muros,
a derecha, al frente.
Siempre al frente,
guiar herrumbroso y viejo.
Viejo, viejo y oxidado,
limpio cada día, de suelas
y suelos, que barren leyenda.
Un aliento, antes exhalado;
ahora, vive en mis labios.
Atrás, dejado rastro,
dejado tramo,
fin y principio.
La ruta al sol,
pasa por la luna, bajo su resplandor azulado,
se oye al amanecer:
Buen camino, peregrino.
enc.
Sol, calienta mi piel,
bajo el cielo estrellado,
despierta tu olor.
Es tardío el rosáceo vespertino,
mas aún en mis piernas sufre el camino.
No quiero ayuda, no soy frágil,
aunque me rompa
y de mis pedazos, cenizas de marfil.
De la brisa y de los vientos
constantes alientos;
del verde y el amarillo
el canto de un grillo.
Canto rodado, kilómetros,
sumas que restan
a una cifra redonda
que asusta y teme.
Bronceado el campo,
bajo el que camino.
La huella, perenne, de años
de historia, de pasos
y de pesos.
El camino de las estrellas,
entre constelación, contemplación y norte,
de vieiras los muros,
a derecha, al frente.
Siempre al frente,
guiar herrumbroso y viejo.
Viejo, viejo y oxidado,
limpio cada día, de suelas
y suelos, que barren leyenda.
Un aliento, antes exhalado;
ahora, vive en mis labios.
Atrás, dejado rastro,
dejado tramo,
fin y principio.
La ruta al sol,
pasa por la luna, bajo su resplandor azulado,
se oye al amanecer:
Buen camino, peregrino.
enc.
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