Mostrando entradas con la etiqueta Prosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prosa. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de febrero de 2016

Anoche salimos a bailar. La calle desbordaba gente, en este febrero tan de verano, donde el sol tiene ganas de quedarse y de jugar, qué cosas, a rebotar con los vasos y con las hojas que aún arranca un otoño tardío. Todo el mundo está loco. El sol, la noche, la gente. Y a mí me apetecía la cerveza como si fuera agosto y fuese en sandalias y viviese en vacaciones y qué preocupación de qué me río mañana, y con quién, y a dónde vamos, a subir montañas o a nadarnos los mares. Tengo las sábanas llenas de arena, de resina y de barro, de saliva, de sudor y de polo norte. Vente, que me apetece verte y me sobra la gente. Mañana no madrugamos, mañana desayunamos café y pizza congelada. A las tres de la tarde. Pero ayer aún no ha llegado, y yo sigo chocándome con copas de ron y de ginebra, alguien me saluda y alguien me mira desde la acera de enfrente, y yo solo pienso en todas las pelis que ojalá no hubiera visto y aún pudiera ver por primera vez. Se hace tarde y comienza a morir la noche, las esquinas cada vez más vacías, o más llenas de soledades, de besos borrachos, de frío. Y yo quiero volver a casa. Quiero volver a casa y a tus brazos, que es lo mismo, y hundirme entre las sábanas y las dos toneladas de mantas y que siga siendo de noche dos días más. Quien dice pelis dice tu nombre, una y otra vez, como si cada día fuese la cuenta atrás para encontrar todos tus lunares, para preguntarte por todos tus sueños, para destapar todas tus heridas, para lamer todo tu cuello. Afuera sigue siendo febrero confundido, ya no sabe si llover o extender la primavera, y yo aquí dentro salgo a bailar, a cruzarme calles que me echan de menos, a jugarme los amaneceres. Quien dice pelis dice tu nombre y dice maldita las noches que salí a bailar creyéndome playa entre tanta nieve, y ahora con los pies mojados mi cama solo guarda todos, todos, todos los inviernos que ya solo vuelven en los recuerdos. Y qué frío hace hoy, joder.





























enc.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Yo he visto el amor romperse delante de mí. Enfrente de mí. Tal vez dentro de mí. Lo he visto explotar, saltar, hacerse pedazos. Mancharlo todo de dolor, que es un color feísimo. He visto la desintegración de los corazones, he visto los cuchillos por el aire, los puños contra la pared. He visto cómo se queman las promesas de papel, cómo arden las alas de las mariposas, cómo se vomitan los restos. Siempre hay restos. He visto los intentos de rebobinar, las caricias en andamios apuntilladas, los cruces en el camino y los esquivos. Las espaldas. Las manos cerradas. Las ganas de correr, y las roturas de talón de Aquiles. Lo ajeno. Lo de cómo se aprende a desquerer. Te desconozco, tan poco a poco. Permiso para desnudarme, para quitarme la ropa. Las fronteras, las murallas, las vallas, las aduanas, los océanos de la cama. Aquí nadie nada, solo se flota. Yo he visto las huidas y las derrotas y la sangre, todo junto o solo a ratos, o solo siempre. Los oídos no tienen párpados, y no se quiere oír lo que se oye; también se ve cuando se escucha bajo la puerta.
Mis ojos no me representan. Porque han visto demasiado. Y yo prefiero vivir ciega, y tal vez sorda. A qué suena la muerte, yo te respondo. La muerte del amor suena a una habitación llena de silencios, de muchos silencios, de silencios todo el día, con mucho ruido de fondo, ruido sin parar. Suena a cabezas bullendo, a cabezas viajando, a cabezas viviendo en otra habitación. La gente ama al amor, y la gente ama el silencio. La gente no sabe que cuando el amor se muere lo que queda es solo eso: silencio, un silencio blanco. Silencio en la voz, silencio en los ojos, silencio en el corazón. Un corazón blanco.
Yo, que he visto la muerte del amor, amo que me griten, que me hagan ruido, que me hagan sonar. Y amo que me manchen, que me coloreen, que me llenen los oídos de pintura roja, y los ojos de azul, de azul marino. Y que me dejen el corazón tan blanco.




























enc.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

A veces garabateamos frases inconexas e inconclusas en trozos de papel que arrancamos de a saber dónde y de quién. Y escupimos, medio a escondidas, la astilla que se nos clava en el costado y que nos hace caminar medio torcidos, como buscándonos las cosquillas con muy poca gracia. Y lo que queda son fragmentos o cristales o algo así, que de pronto encuentras cuando no buscabas nada y entonces se te va el corazón a la boca y a la herida y a los ojos. Y joder. Nos creemos libres de sentimientos vomitándolos en una cuartilla mal doblada, que aparece sin más (y con menos) meses después, dándote una hostia y cortándote el aire, diciéndote, "eh, tú, sigues siendo la misma idiota que se cree que por cerrar los ojos y echar las palabras a volar no van a volver" . Como si no volviera diciembre. O como si el tiempo olvidase la nos(osotros)talgia.

Aquí el tiempo no entiende de números, ni de pasos de cebra. No hay señales de ceda el paso, de límite de velocidad o de gire a la izquierda. Aquí se late en verde y en brisa peinando los dientes de león, mientas hay crucigramas de letras en otra lengua resolviéndose en el cielo. Aquí sobra quedarme en tu verano e incluso en tu regazo, en el vacío o en el desborde del cenicero que ha visto demasiadas noches en vela. Aún me gusta abrirme las heridas y arrancarme la costra, a ver si así vuelven los fantasmas a dormir a mi cama y vuelvo a enamorarme del espectro o de tu esqueleto. A ver si así consigo romper los papeles y dejar de pensar que las cicatrices son solo raíles de un tren con parada abandonada.
Aquí soñar se paga caro por aquello de las aduanas y del tráfico de minutos goteando por las madrugadas. No sé por qué recurro siempre a la certeza de una lejanía que me sabe tan a cerca, o por qué no termino de dejarte ir o de buscarte entre los gestos de la gente que me mira como poniéndole título a mi propio drama. Recaliento entre las manos las ganas y las lágrimas de que aparezcas por mi puerta, o que gires la esquina como buscando el letrero de mi calle y te topes de casualidad conmigo. Vengo por ti, o aún no me he ido, en esos ojos que todavía me abrasan la garganta, y que me desnudan tan a bocajarro como la piel ardiendo en un diciembre eterno. No importa que estemos a mediados de abril, que mañana sea fiesta o que maldiga el tiempo que pierdo desgarrando el papel como forma inútil de echarte a volar. Quizá lo único que quiero es la llave de las cadenas o los grilletes para anclarme en otra celda que por lo menos me cambie el paisaje el dieciséis de cada mes.

                                                                                                                     T, abril2014.




























enc.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Hoy no salen vuelos hacia Nunca Jamás. Ya no aceptan manos vacías, pies llenos de barro. Rotos o descosidos en los dedos. Trampas en las palabras, quizá. Sobran intenciones, faltan certezas. Me faltas tú aquí. Y eso sí que es una mirada en el espejo a las dos de la mañana. Dónde vas, vete a dormir. Deja de mirar la pantalla. Deja de dejarte caer por la ventana, como si al fondo hubiese mar o arena o promesas a medias a punto de cumplirse o un no me esperes más, que estoy llegando o quizá solo una luz tan brillante que dormir acabe por ser imposible.
O tan solo unos dados lanzándose mutuamente para ver quién dispara primero. A la mierda con la autodestrucción. Con los poemas salvavidas y con las cuerdas del títere enredado en el pecho. Siempre habrá alguien que lo hará mejor. Salvarte. O no. Igual las palabras llenas de manos acaben por estrangular la necesidad de gritar, y quizá así todo vaya un poco mejor. Medio ahogados pero ahorrando aire. Tres minutos más de vida y silencio. Quién dijo que esto cosía la piel. Quién dijo nosequé del tiempo y la distancia y la ausencia y la necesidaddenada y el quererdetodo.
Claro.
Y una mierda.


























enc.

jueves, 26 de junio de 2014

Me preguntan las heridas de mi labio que a ver cuándo coño voy a dejar de morderme las lágrimas o las legañas y salgo de entre las sábanas, que ya es hora de cambiar las balas de la recámara y coger otro libro de poesía. O de autodestrucción. Que viene a ser lo mismo. Aunque en el primero te ponen flores encima del ataúd. Servicio incluido. Como si eso fuese a hacer más bonita la soledad o quizá hasta parecer un poco menos puta cuando vuelvo a casa rebosando ron, a esa hora en que ni los relojes se acuerdan de cómo se hace el amor.
Y es entonces cuando me revelo y exijo días buenos, pongo en huelga hasta las ganas de querer -y eso de nunca perder la esperanza, vaya mierda- y me planto ante tu puerta, mientras intento encontrar entre mis bolsillos unas llaves que nunca salieron de tu boca. Y de pronto me asalta la certeza de que estoy hasta la polla de que siempre llueva en esta ciudad y yo quiero dejar de empaparme, quizá porque aún no he aprendido a contar naufragios o quizá porque si los cuento no salimos de esta ola contra las rocas. Luego me doy cuenta de que apenas levanto dos palmos del suelo en eso de querer bien, y que hay mucho entendido que habla de poesía entre sus piernas pero apenas saben desnudarle los dolores y arrancarle las espinas. Y así nos va, vomitando heridas por las esquinas al volver de borrachera, y tragándonos los fracasos por miedo a que vean que nosotros tampoco tenemos alas y que eso de volar solo funciona en la cama. Resbalando en una pista de despegue y cerrando bien fuerte los ojos al decir te quiero por si no se abre el paracaídas.
Así que que me perdonen los poetas y todos aquellos que quieren de verdad y de puta madre (por si no es lo mismo). A mí es que bailar con música me parece demasiado aburrido, y no tener un boquete en el costado que cada vez que lata pida letras me causa demasiada confusión. Prefiero tus idas y venidas y la gilipollez de pensar que algún día dejarás de des-aparecer, a la seguridad de unas cadenas y un candado colgado del cuello mientras nos ladramos al oído. Así tengo algo por lo que escribir.
Que aquí todos sabemos que la felicidad apenas ocupa páginas.























enc.

domingo, 8 de junio de 2014

Ya
queda
menos
para
olvidarte.
Aunque a veces haga rehenes entre revoluciones y treguas, y me siente a verme las heridas y a ponerlas guapas. Imagínate si odio las despedidas que empecé a decirte adiós en el momento en que soltaste el primer 'hola' entre dientes y tequilas.
Otras veces me abrazo los recuerdos, sobre todo cuando hay tormenta y en la cama apenas queda espacio para más lluvia. Entonces pienso que en realidad no tienes por qué irte. Que me gustan tus amagos y tu mochila al hombro, las veces que te cuelgas de mis ojos y te pasas los días colándote en mis palabras o en las caras de los espejos. Incluso, a veces, me gusta que te rías y me mandes a la mierda mientras cierras la puerta, dejando al eco acunar todos mis fantasmas y mis miedos. Pero vuelves.
Y yo ya no sé si quiero más vértigos o más recaídas. En realidad no quiero olvidarte, ni que te vayas; tampoco que te quedes, ni seguir recordándote entre la cerveza, los ceniceros, las camisas de cuadros y las pelis de Cronenberg.
En realidad quiero no tener que olvidarte, como si nunca hubieses pasado aquella tarde por mi lado y hubieses levantado todos los putos huracanes del planeta.
Pero lo cierto
es que ya queda menos
para olvidarte.


























enc.

viernes, 24 de enero de 2014

Es cuando me sube la fiebre en plena guerra. Cuando me desangro por los brazos al compás de los semáforos; poca prisa y muchas luces a 120 kilómetros por hora y yo parada en el asfalto a tres grados bajo cero. Con mucha prisa y pocas luces. Y rebota en las baldosas formando olas en mar abierto, como si hubiese barcos fondeando o saliendo a lamer espuma en ebullición o arena que se seca entre los dedos de los pies. A mí es que me dan vértigo los bordillos de las aceras. También pienso en corcheas cuando veo los pasos de cebra, y la música solo suena en mi cabeza y eso que bailar nunca se me ha dado bien. Lo que pasa es que paso demasiado tiempo en las trincheras, y cada vez que salgo con bandera blanca a parar la batalla me encuentro con tus ojos en las esquinas de las avenidas, y eso sí que es metralla para mi escudo de hojalata.
En realidad es cuando hago de funambulista en los bordes de los parques, procurando no caer al abismo de tierra y acabar con las rodillas llenas de polvo y algún arañazo en horizontal. Y entonces pienso que antes era primero el polvo -en horizontal- y depsués los arañazos y luego el abismo al caer a la tierra. Y joder, me gusta más cuando la gravedad nos marea y nos suelta en la frontera: no saber si hacemos el amor o el amor nos deshace a nosotros, y saltar de un lado a otro sin parar hasta borrarnos la piel y las aduanas y que vengan a detenernos por tráfico de estupefacientes y por secuestrarnos la lengua sin ni siquiera pedir rescate por ellas.
Pero no. Lo cierto es que es cuando la noche se para y el silencio es tan oscuro como fumar a contraluz, mientras espero a los fantasmas que vienen a hacerme compañía, que lo de la soledad tampoco lo he llevado demasiado bien. Guerras hay en todos sitios, me cuentan, en cada portal hay una herida en el pecho y varios casquillos de bala en los buzones. Ya, les contesto, pero a mí el cartero solo me deja sobres con pólvora, por eso de que prefiero imnolarme sola a que me desgarren de madrugada y de imprevisto cuando vuelvo a casa extendiendo las alas. Que al fin y al cabo es mi guerra aunque aún no sepa por quién o contra quién, que al fin y al cabo mandarán a un sicario mientras abro la puerta de la calle a plena luz del sol, mientras saco las cartas del buzón y me limpio los dedos manchados de pólvora en la pernera del pantalón.























enc.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Hoy hemos decidido que nos gusta más la luz del sol. Nos gustan las noches y los rayos de luna, claro que sí, pero cuando los usamos como pentagramas en las baldosas y bailamos como locos sobre ellas, con la música retumbando entre las costillas. Hemos decidido llorar para acunar los fantasmas cuando incordian a las tres de la madrugada, o llorar hasta dejar seco el costado y que escueza el corazón; hasta que duelan los ojos. Hemos decidido poder estar triste y vagar por las esquinas, poder gritar de rabia y descargar el odio contra una pared que ya nos conoce demasiado. Nos gusta la purpurina pero sin que nos pique los dientes, lo dulce en pequeñas dosis cada mañana y lo amargo en inyecciones letales una vez al año. Hemos decidido que puede dolar hasta clavarnos las uñas y que nos perfore los tímpanos.
Pero hoy también hemos decidido que las lágrimas son un derecho y la sonrisa un privilegio, que vamos a pensar bonito, que vamos a sentir bonito, que vamos a vivir bonito. Que cada día hay ciento dos motivos para unos ojos tristes, y trescientos quince para unas agujetas de reir. Que los kilómetros se pueden borrar y que la vida crece en las fronteras, que los minutos se pueden parar y que el tiempo es elástico. Hemos decidido que un abrazo preso en el pecho habla más de libertad que los que vuelan cada día. Hoy hemos decidido que tenemos superpoderes para esta guerra y que hoy no es el día de morir. Nos gusta sangrar porque eso dice que sentimos en carne viva, y que sentir da tantas alas como vértigo. Nadie dijo que las explosiones del corazón derribaran los muros de la nostalgia, pero yo lo sé, porque prefiero un anhelo que me haga sentir viva a una ausencia que me vacíe y me susurre que estoy muerta.
Hoy hemos decidido que nos gusta la vida y su sabor, las lágrimas saladas que anteceden a las sonrisas dulces; las caricias que calientan las manos frías y las palabras que alientan hasta prender fuego al alma. Hoy hemos decidido que queremos bailar hasta que duelan los pies, mientras ahí fuera la soledad se besa con las farolas.






















enc.

lunes, 27 de mayo de 2013

Entre la ventana y el escritorio las caracolas azules de su Pall Mall bailaban con la luz naranja de una primavera que ardía. El fuego de las tardes le consumía los días y los meses y los años en cuestión de minutos, de caladas que trepaban por sus dedos y volaban, volaban tan alto que le dibujaban sonrisas de medio lado, de medio vestir cuando recordaba que ayer fue igual. Las tardes le tatuaban el pecho con rayas, como la pared de la cárcel de un preso que cuenta los días que lleva sin ver el viento, o los días que le quedan para pintar los caminos sin barrotes de por medio. Pero él había perdido la cuenta.
Se perdió a mitad de canción, entre el primer estribillo y la tercera estrofa, justo en el momento en que la música se llenaba de trompetas. Menuda hija de puta la orquesta que lo había dejado sin ovación. Sorbía despacio del vaso, apenas acariciando con sus labios el cristal, pues se había jurado no rozar con su lengua ni la cerveza ni la ceniza hasta que ella entrase de nuevo por esa jodida puerta. Se reía entre dientes mientras le decía al cenicero que eso de las margaritas y de las puestas de sol cogidos de la mano era todo una basura y una maldita mentira.
Encendió otro Pall Mall solo para ver escalar las arañas de sus sueños color mar por la pared. Después de todo, dijo en voz alta, ni estamos tan malditos ni estamos tan solos.





















enc.

lunes, 1 de abril de 2013

Dicen que nos espían los sueños y que luego se lo cuentan al gato que llevamos en el pecho. Qué verán, qué verán, entre las nubes de tu pelo y bajo la cascada de tu ombligo. A mí mi gato solo me araña y me maulla por dentro, se me aprieta contra las costillas y toca en ellas el piano con sus finos bigotes amarillos. Luego están sus ojos, que me miran mientras miro que tú no miras; ojos azules en donde naufragan los barcos y las noches son más largas, como si viviésemos muy al norte o muy al sur. El gato de mi pecho apenas duerme entre las lianas de mis venas: prefiere los dedos de mis manos frías que lo acarician por inercia cuando abrazo mi costado. El gato de mi pecho llora porque no le vienes a ver, porque dices que prefieres aullarle a la luna menguante, a la que siempre se va, por aquello de no hacerte esperar; qué tendrá ella que no tiene la cárcel de costillas y el pulmón que te dejamos para que vengas a dormir con nosotros.
El gato de mi pecho vive en los tejados; maulla su dolor porque no sabe llorar. Y se dedica a vigilar el silencio de los muertos, de los que no viven de noche, el silencio de quien duerme porque tampoco sabe soñar.
El gato de mi pecho mira mis sueños y luego me habla de ti, lentamente, mientras entre mis tendones resuena la melodía de las noches y sus ruidos afilados. El gato de mi pecho te espía en sueños mientras se recuesta en mi oreja y vela porque no salgas de mi cabeza.





















enc.

domingo, 13 de enero de 2013

Borrar y reescribir en esta rutina de un no parar, de un vaivén que nunca vuelve aunque siempre me creo más cerca de lo lejos que se ve. Pero vamos a ver, ¿cómo escribir tanto tiempo y tanto lugar? Si no hay aquél por el que beber y desvivir y poner a derretir la tinta de una pluma que no quiere coger vuelo. Aun cuando me dejo llevar me arrastra a ras de suelo y me dice que mire en los huecos, que allí siempre hay lleno aunque me detenga a respirar y no encuentre aire porque está intentando levar las alas y clavar el ancla.
No recordaba el sabor de la terapia y su ácida dosis de metamorfosis, de grima en los dedos que se sobresaltan al mirar el paisaje desde lo alto de la atalaya y "qué bonito se ve lo que se reconoce pero no se recuerda, o se recuerda pero no se quiere volver a reconocer". Y así, sumidos en un no me mires a través del cristal de la ventana, revelamos fotos veladas del brillo del vidrio que a veces es iris y otras solo pupilas encarnadas; a veces reluce cual grito de una cerilla que corre chupando mi aire pero es humo de nuevo y de viejo: de lo que fue y sigue siendo pero ya solo se es en otros derroteros.
Y me gusta esa palabra, "derroteros". Derroteros de la batalla y desterrados de la victoria, como si alguna vez esto hubiese sido ese campo de sangre donde vender las venas al mejor postor de una subasta de dos. Mi propio corazón que lucha por sus andamios y el corazón de aquél que echa de menos su vendas. Y esa es la realidad. La irreal relevancia de que ganar o perder se basa en mirar a través de lo que se deja ver, lo que mostramos a través de un juego de naipes donde cada carta es una navaja afilada con la que sacar las entrañas. Y así, sin dejar tiempo al tiempo, corre el sudor entre los huesos que entrechocan por volver al camino y ascender a base de besos al viento, de robar caricias a la cima para que se porte bien y nos eleve aún más alto.
Es por ello que apenas decaigo más que lo necesario para curar la herida. Y en ello estamos hasta que alcancen de nuevo las sombras y se lleven, de nuevo, la luz a allá de donde nunca debió de salir, y de donde de cuando en cuando logra asir un hilo de oscuridad para volver a ser lo que siempre fue: el pozo sin fondo de un loco que nunca cierra los ojos.





















enc.

sábado, 1 de septiembre de 2012

De las cenizas no se resurge a menos que arda en polvo y se quede pegado a la piel, con ese olor a pólvora que recuerda a viejas batallas y a pronfundas heridas de bala en las costillas. Volver a caminar es afilar de nuevo el cuchillo y cargar una vez más la recámara de ocho balas y una de aire. La que más duele por mucho que digan del acero.
Lo mejor de la emoción de todo eso, de la mano en tensión abrazando una pistola o un lápiz, qué más da, es la locura que antecede a la calma. El fuego corriendo por unos brazos que danzan solos, al son de unos pies que resuenan en la cabeza de la música y su ritmo, del tintineo del reloj o de las jotas alargadas que perfilas en las esquinas de los poemas que echas a volar.
Bailar al son de un corazón que late por pereza, alcohol o casualidad. En realidad qué más da mientras lo haga, si los besos saben igual con amor o con cerveza. Dejarnos llevar por las noches de verano pero patinando en las noches eternas, dejándonos caer en los bancos de los parques donde los corazones se superponen y todo es abstracto y está del revés.
Como nuestras bocas besando humo a dos centímetros de distancia.




















enc.

domingo, 11 de marzo de 2012

Se me han olvidado sus manos.
En las elegías no vale llorar por si se emborronan los recuerdos.
Las palabras son sordas. Nadie lo sabe hasta que se vuelve mudo. El dolor de garganta no se traga, ni aún cuando se intenta respirar por dos y te ahogas.
Los alambres, hilados en la carne, son tensores de segundos que se desatan por las noches. Por la noche. Se prenden de los ojos que dejan de dar luz y también de las sonrisas que saben a tiempo, a mucho tiempo. A pasado y a blanco y negro.
Tiritar siempre fue una opción. Fue la opción de recordar el frío y sus ecos de marzo, la voz perdiéndose en un ven cuando quieras. Nunca me fui.

No puedo recordar sus manos. Y eso sí que no.



Para M. Desde mi cielo.














enc.

viernes, 24 de febrero de 2012

¿Cuánto tiempo dura un cigarro? Voy a contar mis segundos entre la ceniza. Dos caladas y media. Las derrotas de la ciudad, el ruido de las explosiones de los gritos, los llantos de risa y quizás hasta las muertes de los semáforos en ámbar. Los crápulas y su idiosincrasia, o los nihilistas que se emboban con las flores. Lo barroco de tu renacimiento, y hasta los románticos empedernidos que nunca han amado.
En el papel, algún borracho que ha escrito revolución con mayúsculas o viva el amor con faltas de ortografía. Las esdrújulas que se dejan caer con las hojas del otoño, a cartón directo para que tosa el corazón. Fumar sin boquilla desde que leí lo del sabor de las bocas y las cervezas graduadas en culo de vaso. El creciente descender por el pulmón que se embala hasta llegar a tus oídos. La importancia irrelevante de una palabra afilada o una dulce melodía de mi garganta.
La nulidad mínima de ser tan grande en este desfiladero abarrotado de vicios y virtudes. Si pudiera crecer entre lo oscuro del verbo condicional, de la duda afianzada en mi constante incertidumbre. Las gotas que patinan en la ventana, como si fuera invierno ahí afuera y aquí el calor se derritiese por las manos frías.
Dale gas a la izquierda para adelantar los días insulsos y faltos de sal; reventar los días del calendario y todos y cada uno de sus minutos de ojos cerrados. Enchufa el humo de las brasas rojas que nace de mi tripa. Ven a calentarte al hielo de este fuego intempestivo de cuarenta grados al sol.
La piedra angular de los cuatro caminos para mi mechero. Si no, no sé contar entre tanto humo, de tanto tabaco sin quemar.













enc.

viernes, 10 de febrero de 2012

Se busca amante de Benedetti. De las noches frías pero despejadas. De los silencios intempestivos. De la autodestrucción controlada.
Se busca poeta de cuchilla y alfiler, con dotes para la guitarra de una cuerda y el contrabajo en las alturas. Bukowski a partes iguales, una buena dosis de Allen y una pizca de jazz. Es indispensable la risa a borbotones y los viajes a dedillo. Los cuentos antes de dormir y subir montañas debe ser un requisito primario, al igual que las letras y las corcheas.
Se busca amante de Salinas y de Cortázar, del cine clásico y de los paisajes. El aroma del café y el tabaco de liar amargo. Sí, los polos de limón son condición sine qua non.
Los desperfectos son canjeables por puntos, al igual que no se acepta ningún tipo de devolución.
No hay razón ni remitente. La entrega se hará a cañonazo limpio y en mitad de la calle más concurrida de la ciudad. A una hora inoportuna y algo molesta. Mucho mejor si se escapa la vida entre los dientes. Se prohibe su anuncio con anterioridad. Romper los esquemas es fundamental. Imprescindible. Necesario. Unaputamierda.














enc.

miércoles, 8 de febrero de 2012

La certeza de que no soy nadie me golpea cuando me acabo la cerveza. O cuando se rompe el hiato. O el diptongo. O me pongo melancólica y blasfemo ante el espejo y me lloro. Me perdono y me odio a partes iguales. Acabada como Norma Desmond nadando en su piscina de Boulevard Sunset, o como Oliveiro recitando a Benedetti sin mañana, y sin mujer sin alas.
La realidad es que no hay verdad aunque la quiera destripar de los negativos o de los palimpsestos. Tengo que buscar en el diccionario el significado del día o de que salga la luna, porque ni de entre las tablillas del somier que cruje al dejarme caer, ni de entre el laberinto de miradas de una calle de invierno puedo sacar algo más que no sea la rótula de un esqueleto cojo.
No hay dolor para el sol. Ya naufragué en los charcos de diciembre, cual centinela de las estrellas y guardián de la palabra. La realidad es la cerveza y el humo, por muy insípidas que nos sepan las venas.
Otra caña, por favor. Y cóbrate de la prórroga o del pitido final. Coge fuego sin pedirlo, que la piedra rechina si no son mis dedos, y quiero oírla cantar, como ya no lo hace el piano o el jazz. Sírvase algo muy frío y beba sin temor, limpio, rápido, y sin besar el vaso. Luego las corcheas nos envuelven y aparecen los fantasmas de entre los vidrios. Yo me río escandalósamente, porque lo que ellos no saben es que he aprendido a ser sombra del cristal; a ser la espuma que queda en el borde y a ser ese círculo húmedo que queda en la tabla de madera cuando todos se van.
Que me canten al oído o que me reciten poesía, que a bailar aún no, pero a cerrar los ojos seguro que les gano.















enc.

lunes, 9 de enero de 2012

¿Dónde estás, hijo de puta?

He vuelto al escritorio de antaño, donde los hilos se hilvanaban solos y la piel se cuarteaba de mentira. He buscado entre los papeles aquel motivo avinagrado y a veces dulce que me hacía volar, pero no hoy; hoy solo polvo y cuartillas deshechas que no son capaces de articular palabra, de alzar la voz por encima de un gemido.
Todos hablan de que han visto las estrellas, pero a ninguno les han comido el cuello. Gritan por la piel en la piel, respiran para adentro, sienten despegar... Estultos. Probad a beber de la noche hasta la gota más ácida y a dejaros caer en cualquier cama deshecha. A escuchar los ruidos del suelo y las sinfonías de los pasos. Los ecos de las horas muertas en que ni es de día ni es de noche. Intentad drogaros y mantener el cable de acero que os ata a la vida entre los dedos. Jugad con el cuchillo que os acaricia tras la oreja.
La eterna búsqueda. Buscar en las dudas razones para creer. Qué triste un ser de palabras, de cursiva y espacios. De vacío y alambre. No más que legados, epitafios; epitafios en los muros de la ciudad que contiene los muertos por cáncer de vida. O algún trastorno peor.
En realidad deberías llorar. O aparecer por aquí. Podrías, incluso, jugar a entender mis rabietas. Descifrar lo que balbuceo. Darte por vencido, que siempre ha sido lo más cuerdo de esta locura.
Puede que no hayas visto las estrellas, o que estés por alguna de ellas, pero, ¿quién ha dicho que haya que verlas? Ni que de pronto alzásemos el vuelo.

Nunca estuviste en el cielo, eres de los que no vuelan.














enc.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuando dice no, es no. Y si no quiere salir ahí se queda, agazapada tras la manta y oyendo la llama naranja cantar en la hoguera. Vomitando a destajo alientos hirviendo sobre los charcos de sus manos heladas. Una guitarra suena en el fondo de su cigarro, que le sorbe los do y los fa, que, con furia, golpea las notas del piano de madera. En la otra mano, apuntando hacia el suelo de su boca, un ramillete de flores amarillas, y en el gatillo, su dedo crispado. Besando la botella, como nunca había besado a nadie, como nunca había amado unos labios, deja sus huellas de carmín en la entrada a los cielos. En la puerta del infierno.
Se disfraza de poeta envejecido, con voz rota y letra torcida, y perfila el rostro de una noche que le cruza por la mirada. Le hace sombra con el candil que se apaga en segunda, después de tomar la curva en quinta. Nunca ha escrito nada que mereciese la pena, ni siquiera sus penas eran dignas de ser cantadas, ni siquiera pensaba que lo fueran.
Se daba a las drogas. Por aquello de lo bohemio y de los colorines. Y así iba dejando caer alguna letra, las lanzaba al vuelo desde la ventana, en las servilletas de los bares, bailando en las aceras con la lluvia. En la mano de una chica guapa que le guiñaba el ojo.
Y así, pensaba que nada de lo que escribía merecía la pena, ni siquiera sus penas eran dignas de ser cantadas, ni siquiera pensaba que lo fuesen, pero aquello siempre le había hecho volar. Y lo cierto es que no levantaba los pies del suelo. Pero ya no estaba aquí, estaba drogándose para escribir, o escribiendo para drogarse.














enc.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Qué triste es que si no hay dolor no haya poesía.
Podría ponerme a debatir acerca de esta realidad, maldiciendo los retortijones y los achaques de los ataques, vomitando a los cuatro vientos gritos maheridos. Podría llorar sobre el papel y poner a secar las venas mojadas, aunque es cuando gotean cuando valen para algo más que para hacerme caminar. Podría encerrar los ojos en mis manos y dejarme llevar a un mar de más allá, más perdido que las luces de las calles de madrugada, cuando nadie las ve.
Pero no hoy. Hoy no habrá más oro o gloria, hoy solo serán sombras.
Te sentarás a mi lado a esperar, viéndolas venir al trasluz de la ventana, oyendo el picaporte en el corazón. Resuena la mañana y aún es medianoche, esperando a que todo acabe bien. Bucólico, onírico e ideal.
Y si no, siempre nos quedará la poesía en andamios de quebrantos y penas encubiertas.
¿Qué es lo que puede ofrecerte un salteador de caminos perdidos? Un costurero en los hilos, que han enredado mi vida...














enc.

jueves, 27 de octubre de 2011

Me salpica la cabeza de alfileres incadescentes entre las sienes. Pero me digo vamos allá, que te mueres por hacerlo y lo sabes. Y me respondo antes de que me cambie la pregunta, no vaya a ser que vuelva la duda a traicionar esos principios tan secundarios.
Sabrás que me encanta el olor a frío en los pañuelos, esos que vuelan al otoño como saludando a la lluvia que se enrosca en los pasos de los cruces de calles. Los coches pitando, el sabor a tabaco en las manos y los ojos guiñados de verte en azul. O en blanco. Los colores de diciembre.
Recordarás los parques y los bancos, las maderas y los ticket del cine. Las poesías en los bares con nubes de calefacción que aguardaban el vaho del vaso. O no. Quizás no lo recordarás. No lo recuerdes.
A veces me olvido de escribir. Tanta necesidad. Tanto iluso que dice que si no respiras no vives. Mentira. Si no escribes no vives. Y parece que no escribo. Y es que no vivo. Por eso pensarás que he dejado de latir. Y eso no es así. Nunca es así.
Me mudo como las hojas que planean de lado a lado. Yo tampoco busco porque no quiero encontrar. Quiero ser el polvo que se levanta de madrugada y que te golpea en la ventana, aquel cierzo que te eriza la piel y te arrastra lejos de esta ciudad, a un Madrid gris o a un París de luces. Qué bucólico y onírico. Qué hermosa mentira. Qué puta la vida.
No lo has soñado en todo este tiempo. Yo sueño por dos, por si se nos acaba el vino y de pronto quieres brindar por el ayer. O por el mañana. Yo sueño por dos.
¿Quién dijo que segundas partes no eran buenas?














enc.