-Espera.
Pausa.
-Tengo que hablar contigo.
Pausa.
-Verás... necesito decirte algunas cosas.
Pausa.
-Bueno. Ya sabes que hace poco me compré un par de alas. Sí, las venden. Aunque no creas, me costó bastante encontrarlas. No eran muy caras; sólamente me pidieron a cambio un trozo del corazón. Ni siquiera me dijeron qué parte, ni cómo debía de ser ésta de grande. Tuve que volver a casa a por él. Ya sabes que nunca lo saco de casa, por si lo pierdo o lo dejo olvidado en cualquier parque. ¿Sabes? Me costó mucho rato decidir qué trozo cogía. Es que está demasiado mutilado, pensé, y el trozo va a quedar feo y sin forma. Igual no me lo aceptaban en la tienda. Fui a la cocina, y busqué el cuchillo de la mantequilla. Cuál fue mi sorpresa, cuando al volver intenté seccionar un trocito, pero estaba demasiado duro y ennegrecido como para que con una pequeña espátula sin filo pudiese cortarlo. Tuve que volver por el cuchillo del pan. Ya casi era de noche, y pensé que habían cerrado ya la tienda. Corrí el último tramo y llegué jadeante. Aún estaban mis relucientes alas colgadas en el mostrador. Entré, y dejé cuidadosamente el paquete de papel que relucía rojo, en carne viva. Me dijeron con voz triste que eso era demasiado poco. Abatida, desenterré del cajón el resto de órgano, y desee con fuerza que fuese suficiente. Está podrido, me dijeron. Cómo, pregunté yo, si late perfectamente. Me dijeron que así no les servía. Que era feo, ceniciento, estaba encogido, y era pequeño. Me dijeron que nadie lo compraría así. Triste, regresé a casa.
Pausa
-No tengo alas. Te mentí. Cuando te llamé, te mentí. Quería que te sintieses orgulloso de mí. Que pensases en mí como alguien importante, capaz, inteligente y que pudiese de volar. No puedo volar. No sé volar. Tú vuelas, y yo me muero de ganas de subir contigo, de sentir el viento contigo, de suspenderme en las nubes como tú. Quería escuchar tu alegría, tu satisfacción; quería sentir tu risa sincera ante mi mentira cobarde. Quería que fuese de verdad, por encima de todo, y quería que haciéndote creer que era así sentir que no te estaba mintiendo. Quería despegar los pies de la tierra, y poder alcanzarte. Pero siempre estarás por encima de mí. Siempre. Ahora debería decirte que lo siento. Que no debería haberte engañado, ni abusado de tu confianza. Pero no es así. No lo siento, no lo siento porque sé que lo volvería a hacer, por ver por un instante tus escasos te quieros convertidos en realidad. Por beber del orgullo que desprende tu voz. Siento esto. Siento no tener alas, eso sí que lo siento. Al igual que siento no poder llegar a alcanzarte, ni subir a los cielos de tu mano. Siempre iré detrás.
Pausa
-Quiero darte un regalo. Sé que no merezco el derecho a hacerlo después de traicionarte, pero voy a abusar aún más de ti, y voy a esperar a que lo aceptes. Sé que aquí no vale nada, y a los sitios que vas cuando vuelas tampoco. Pero también sé que te pueden dar algo por ello en otro lugar. Allá arriba hay un cementerio, más lejos que el cielo de día. Sé que la gente muere, y entonces sus corazones quedan allí. Y que allí les dan un par de alas, para que puedan seguir su camino hacia el cielo de noche. Llévate mi corazón, y quédate mis alas. Cuando el viento se lleve el tuyo, y te deje caer a un vacío y te arranque las tuyas, usa mi corazón. Podrás seguir volando. Podrás seguir suspendido en las nubes, como haces ahora. Podrás perderte entre las estrellas. Podrás volar, y yo, mientras, podré seguir viéndote hacerlo. Ese es mi regalo. Yo no puedo volar, pero una parte de mí lo hace cada vez que tú surcas los cielos.
enc.
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sábado, 16 de enero de 2010
jueves, 12 de noviembre de 2009
-¿Hola?
No contestas. Llamo a la puerta, y no abres. Oigo ruidos al fondo del pasillo, en las tripas de tu casa. Cuento hasta cinco, y cierro la puerta del ascensor.
-Hola. Soy yo. He ido a tu casa. No me has abierto. Sólo pasaba cerca, iba de camino a ninguna parte, y aparecí aquí. Siento haber hecho vibrar tu timbre y retumbar tu calma. Yo... lo siento, te estoy molestando.
Cuelgo el teléfono porque me quema. De pronto no sé hablar. Abro una botella de dudas, y trago a trago me bebo hasta las nubes.
-Hola otra vez. Soy yo de nuevo. Lo siento, lo siento. Sólo quería decirte que te echo de menos. Si, ya sé. No hace falta que contestes. Sé que tampoco lo ibas a hacer. Te he mandado una carta. No tienes por qué leerla. Te cuento que el otro día el viento se llevó una de tus camisas que tiendes en el balcón. Y que los geranios de tus ventanas están preciosos. No sé si te diste cuenta, pero el otro día te vi en la frutería. Comprabas ramitas de perejil que luego colocaste en un tarro de conserva de cristal con agua, en el alféizar de tu dormitorio. Bueno. Creo que te estoy hablando de más. Lo siento. Nunca te digo nada, y ahora no paro de hablar. En realidad me siento bien, el teléfono no me mira con tus ojos y no me cohibe. Tampoco sonríe, y así puedo dejar de mirar de cuando en cuando el lunar de tu barbilla. Creo que debo colgar. Voy a bajar al parque a sentarme en un banco a verte salir de tu portal con tus grandes gafas de sol. Te haré un gesto, aunque seguro que no te fijarás.
Estoy largo rato derretido por el sol de otoño en el parque. Me hace cosquillas y tengo que guiñar los ojos. Hace rato que saliste, te vi cerrar con fuerza la puerta y mirar a ambos lados de la calle. Te paraste y encendiste un cigarro, y el carmín de tus labios se arrugó cuando le diste la primera calada. Metiste el mechero en el bolso, y te recolocaste el pañuelo. Por supuesto, llevabas esas enormes gafas de pasta blanca, y creo que no miraste hacia el árbol bajo el que estaba. Decido entonces esperar que regreses, aunque no esperaba estar en otro sitio por el que no fueses a pasar, antes o después.
Es de noche, y el jardín está vacío. En tu ausencia he rellenado una libreta de dibujos y letras. He compuesto una canción con intención de cantártela algún día, y he contado siete estrellas fugaces mientras recordaba tu perfume.
-Hola.- te digo porque te tengo enfrente, cerca.
-Hola.- me contestas, y me miras.
-Te he escrito una carta. Y me gustan las flores de tus ventanas. En realidad me gustas tú. Sé que suena bonito, pero no lo es. Vine ayer a tu casa, pero no me abriste. Te he dejado algún mensaje en el contestador. Aunque soy bastante idiota. No te he dicho mi nombre, ni he puesto remite. Por si querías contestarme, ya sabes. Puedes llamarme como quieras, te contestaré solo con oír tu voz. ¿Cómo te llamas? Sabes, en verdad me da igual. Pero debes tener nombre de flor. Vaya, hablo demasiado. Lo siento.
No paraba de mirarme, y me asusté un poco. Le acaricié la piel de la mejilla, aunque eso era demasiado, pensé. No pareció darse cuenta, pero no apartaba sus ojos de mí.
-Lo siento.- me disculpé.
-¿Por qué?.- las palabras tardaron un rato en viajar de su boca a mis oídos, pues obligué al viento de su voz a ralentizar su velocidad para notar más tiempo el cristal que desprendía.
-Por buscar más de lo que puedo encontrar. No debería haberte acariciado. Lo siento. He pensado todo el día en ti, y eso no está bien. Te hago perder el tiempo, y te molesto. Lo siento.
-Deja de decir lo siento. Eso no está bien.
-Es que de verdad lo siento.
-Lo sé. Te he estado mirando mucho rato a los ojos, y creo que eso tampoco está bien. Te estoy obligando a mantener la mirada. Yo también molesto.
-Me pasaría horas en tu portal solamente mirándote a los ojos.
-Estarías perdiendo el tiempo tontamente.
-Nunca llamaría perder el tiempo a mirarte.
-Lo es si no haces otra cosa cuando puedes besarme, o acariciarme de nuevo, o subirme a casa. O estar conmigo para siempre.
-Lo siento. No puedo hacerlo. Temo no poder salir de tu casa si entro en ella, al igual que temo no poder separarme de tus labios si los rozo. Créeme, me ha costado dejar de tocarte.
-No te he pedido que dejes de hacerlo. Tienes permiso para vivir para siempre en mis ojos.
-Lo siento.
Creo que se cansó de tantas palabras. Me cogió por el cuello y me prohibió bajo pena de muerte separarme de su boca.
-Lo siento.
-Yo te quiero.
-Y yo lo siento.
-¿Por qué no dejas de decir lo siento?
-Porque no hago otra cosa cuando estás tan cerca.
-¿Lo sientes?
-Siento todo lo que se puede sentir cuando alguien como tú recorre con la yema sus dedos cada pliegue de mi corazón.
-Eso es bonito.
-Eso es bonito, pero lo peor, es que es absolutamente verdad. Y absolutamente irreparable. Es demasiado tarde. Lo siento. Debo vivir para siempre contigo al lado.
-No hay nada que quiera más que eso.
-Entonces, hoy mismo trasladaré mis cosas al fondo de tus pupilas.
-No voy a cerrar los ojos nunca.
-Lo sé.
enc.
No contestas. Llamo a la puerta, y no abres. Oigo ruidos al fondo del pasillo, en las tripas de tu casa. Cuento hasta cinco, y cierro la puerta del ascensor.
-Hola. Soy yo. He ido a tu casa. No me has abierto. Sólo pasaba cerca, iba de camino a ninguna parte, y aparecí aquí. Siento haber hecho vibrar tu timbre y retumbar tu calma. Yo... lo siento, te estoy molestando.
Cuelgo el teléfono porque me quema. De pronto no sé hablar. Abro una botella de dudas, y trago a trago me bebo hasta las nubes.
-Hola otra vez. Soy yo de nuevo. Lo siento, lo siento. Sólo quería decirte que te echo de menos. Si, ya sé. No hace falta que contestes. Sé que tampoco lo ibas a hacer. Te he mandado una carta. No tienes por qué leerla. Te cuento que el otro día el viento se llevó una de tus camisas que tiendes en el balcón. Y que los geranios de tus ventanas están preciosos. No sé si te diste cuenta, pero el otro día te vi en la frutería. Comprabas ramitas de perejil que luego colocaste en un tarro de conserva de cristal con agua, en el alféizar de tu dormitorio. Bueno. Creo que te estoy hablando de más. Lo siento. Nunca te digo nada, y ahora no paro de hablar. En realidad me siento bien, el teléfono no me mira con tus ojos y no me cohibe. Tampoco sonríe, y así puedo dejar de mirar de cuando en cuando el lunar de tu barbilla. Creo que debo colgar. Voy a bajar al parque a sentarme en un banco a verte salir de tu portal con tus grandes gafas de sol. Te haré un gesto, aunque seguro que no te fijarás.
Estoy largo rato derretido por el sol de otoño en el parque. Me hace cosquillas y tengo que guiñar los ojos. Hace rato que saliste, te vi cerrar con fuerza la puerta y mirar a ambos lados de la calle. Te paraste y encendiste un cigarro, y el carmín de tus labios se arrugó cuando le diste la primera calada. Metiste el mechero en el bolso, y te recolocaste el pañuelo. Por supuesto, llevabas esas enormes gafas de pasta blanca, y creo que no miraste hacia el árbol bajo el que estaba. Decido entonces esperar que regreses, aunque no esperaba estar en otro sitio por el que no fueses a pasar, antes o después.
Es de noche, y el jardín está vacío. En tu ausencia he rellenado una libreta de dibujos y letras. He compuesto una canción con intención de cantártela algún día, y he contado siete estrellas fugaces mientras recordaba tu perfume.
-Hola.- te digo porque te tengo enfrente, cerca.
-Hola.- me contestas, y me miras.
-Te he escrito una carta. Y me gustan las flores de tus ventanas. En realidad me gustas tú. Sé que suena bonito, pero no lo es. Vine ayer a tu casa, pero no me abriste. Te he dejado algún mensaje en el contestador. Aunque soy bastante idiota. No te he dicho mi nombre, ni he puesto remite. Por si querías contestarme, ya sabes. Puedes llamarme como quieras, te contestaré solo con oír tu voz. ¿Cómo te llamas? Sabes, en verdad me da igual. Pero debes tener nombre de flor. Vaya, hablo demasiado. Lo siento.
No paraba de mirarme, y me asusté un poco. Le acaricié la piel de la mejilla, aunque eso era demasiado, pensé. No pareció darse cuenta, pero no apartaba sus ojos de mí.
-Lo siento.- me disculpé.
-¿Por qué?.- las palabras tardaron un rato en viajar de su boca a mis oídos, pues obligué al viento de su voz a ralentizar su velocidad para notar más tiempo el cristal que desprendía.
-Por buscar más de lo que puedo encontrar. No debería haberte acariciado. Lo siento. He pensado todo el día en ti, y eso no está bien. Te hago perder el tiempo, y te molesto. Lo siento.
-Deja de decir lo siento. Eso no está bien.
-Es que de verdad lo siento.
-Lo sé. Te he estado mirando mucho rato a los ojos, y creo que eso tampoco está bien. Te estoy obligando a mantener la mirada. Yo también molesto.
-Me pasaría horas en tu portal solamente mirándote a los ojos.
-Estarías perdiendo el tiempo tontamente.
-Nunca llamaría perder el tiempo a mirarte.
-Lo es si no haces otra cosa cuando puedes besarme, o acariciarme de nuevo, o subirme a casa. O estar conmigo para siempre.
-Lo siento. No puedo hacerlo. Temo no poder salir de tu casa si entro en ella, al igual que temo no poder separarme de tus labios si los rozo. Créeme, me ha costado dejar de tocarte.
-No te he pedido que dejes de hacerlo. Tienes permiso para vivir para siempre en mis ojos.
-Lo siento.
Creo que se cansó de tantas palabras. Me cogió por el cuello y me prohibió bajo pena de muerte separarme de su boca.
-Lo siento.
-Yo te quiero.
-Y yo lo siento.
-¿Por qué no dejas de decir lo siento?
-Porque no hago otra cosa cuando estás tan cerca.
-¿Lo sientes?
-Siento todo lo que se puede sentir cuando alguien como tú recorre con la yema sus dedos cada pliegue de mi corazón.
-Eso es bonito.
-Eso es bonito, pero lo peor, es que es absolutamente verdad. Y absolutamente irreparable. Es demasiado tarde. Lo siento. Debo vivir para siempre contigo al lado.
-No hay nada que quiera más que eso.
-Entonces, hoy mismo trasladaré mis cosas al fondo de tus pupilas.
-No voy a cerrar los ojos nunca.
-Lo sé.
enc.
viernes, 30 de octubre de 2009
-Que no quiero escribir.
-Pero... ¿por qué?.-su voz emitía un timbre alarmado, mezclado con tintes de incredulidad.
-Porque no quiero. ¿Por qué si debería hacerlo?
-Porque lo necesitas.
-Ya no. Ya no necesito nada. Nada. ¿Me entiendes? Na-da.
-No mientas. Sabes que no es así.
-¿Y tú qué sabes? Nada, no sabéis nada. Cállate.
-No me callo porque no quiero verte sufrir.
-¿Sufrir? ¿Sufrir? ¿Y a ti qué más te da?
-Quiero que escribas. Tienes que vomitar.
-No me duele nada. Estoy bien.
-No lo estás. ¿Por qué me mientes?
-¿Y de qué sirve que te diga que tienes razón?
-Quiero ayudarte.
-Olvídalo. No puedes ayudarme.
-Pero por qué. No me has dejado intentarlo.
-¿Acaso podrías, si te dejo? No. No podrías. Perdí. Perdí la guerra y me desvalijaron hasta los huesos. Las arterias desembocan en un cubículo mecánico, porque los cachos que lo formaban se han ido. Y no puedo ir a buscarlos.
-Yo te llevaré.
-Están demasiado lejos. Hay barreras, muros. Altas murallas, y fosos a su alrededor. No puedo recuperarlos. Los miro, y no los puedo tocar. Se atraen, como imanes, pero una magnetita más poderosa imanta hacia otro polo.
-Escala.
-Tengo los dedos en carne viva de hacerlo.
-Está bien. Te das por vencida, ¿no es así?
-Si. No quiero seguir batallando.
-Es tu decisión, y has de llevarla a cabo hasta el final. Pero te duele.
-¿Y qué?
-Que no lloras.
-Lloro lágrimas negras, que mojan el papel y lo arrugan.
-No. Ni tan siquiera eso haces.
-Porque se me han secado los ojos.
-Imposible. Se va a desbordar.
-Que lo hagan. No me importa. Si no quieres verlo miraré hacia otro lado.
-Quiero que me mires y llores.
-¿Por qué?
-Para poder recoger cada lágrima, y construir para ti un féretro.
-No me voy a morir.
-Si. Lo estás haciendo. Has depuesto las armas, has agachado la cabeza. Has capitulado. No vas a perder luchando. Vas a morir derrotada.
-Que así sea, pues.
-Lo será.
-No te importa.
-Me importa. Y sabes que me importa. Pero a mi, también me importa muy poco el mundo. Y tampoco me queda nada.
-Muere conmigo, pues.
-No. Yo quiero seguir luchando.
-El fin es el mismo. Llegarás donde mi antes que después.
-Pero serán blancas mis lágrimas.
-No se puede escribir en blanco.
-No. Pero las palabras son blancas.
-Las palabras se las lleva el viento.
-Y las lágrimas las seca el sol.
-No así la tinta impresa.
-No así la voz cantada.
-La voz cantada. La voz cantada.
-Ni escribir.
-Ni escribir, ya.
-¿Te he dicho que no quiero escribir?
enc.
-Pero... ¿por qué?.-su voz emitía un timbre alarmado, mezclado con tintes de incredulidad.
-Porque no quiero. ¿Por qué si debería hacerlo?
-Porque lo necesitas.
-Ya no. Ya no necesito nada. Nada. ¿Me entiendes? Na-da.
-No mientas. Sabes que no es así.
-¿Y tú qué sabes? Nada, no sabéis nada. Cállate.
-No me callo porque no quiero verte sufrir.
-¿Sufrir? ¿Sufrir? ¿Y a ti qué más te da?
-Quiero que escribas. Tienes que vomitar.
-No me duele nada. Estoy bien.
-No lo estás. ¿Por qué me mientes?
-¿Y de qué sirve que te diga que tienes razón?
-Quiero ayudarte.
-Olvídalo. No puedes ayudarme.
-Pero por qué. No me has dejado intentarlo.
-¿Acaso podrías, si te dejo? No. No podrías. Perdí. Perdí la guerra y me desvalijaron hasta los huesos. Las arterias desembocan en un cubículo mecánico, porque los cachos que lo formaban se han ido. Y no puedo ir a buscarlos.
-Yo te llevaré.
-Están demasiado lejos. Hay barreras, muros. Altas murallas, y fosos a su alrededor. No puedo recuperarlos. Los miro, y no los puedo tocar. Se atraen, como imanes, pero una magnetita más poderosa imanta hacia otro polo.
-Escala.
-Tengo los dedos en carne viva de hacerlo.
-Está bien. Te das por vencida, ¿no es así?
-Si. No quiero seguir batallando.
-Es tu decisión, y has de llevarla a cabo hasta el final. Pero te duele.
-¿Y qué?
-Que no lloras.
-Lloro lágrimas negras, que mojan el papel y lo arrugan.
-No. Ni tan siquiera eso haces.
-Porque se me han secado los ojos.
-Imposible. Se va a desbordar.
-Que lo hagan. No me importa. Si no quieres verlo miraré hacia otro lado.
-Quiero que me mires y llores.
-¿Por qué?
-Para poder recoger cada lágrima, y construir para ti un féretro.
-No me voy a morir.
-Si. Lo estás haciendo. Has depuesto las armas, has agachado la cabeza. Has capitulado. No vas a perder luchando. Vas a morir derrotada.
-Que así sea, pues.
-Lo será.
-No te importa.
-Me importa. Y sabes que me importa. Pero a mi, también me importa muy poco el mundo. Y tampoco me queda nada.
-Muere conmigo, pues.
-No. Yo quiero seguir luchando.
-El fin es el mismo. Llegarás donde mi antes que después.
-Pero serán blancas mis lágrimas.
-No se puede escribir en blanco.
-No. Pero las palabras son blancas.
-Las palabras se las lleva el viento.
-Y las lágrimas las seca el sol.
-No así la tinta impresa.
-No así la voz cantada.
-La voz cantada. La voz cantada.
-Ni escribir.
-Ni escribir, ya.
-¿Te he dicho que no quiero escribir?
enc.
lunes, 5 de octubre de 2009
Me revuelve el pelo y me dice:
-Niña, ¿dónde vas tan tarde?
-A buscar estrellitas al cielo. He leído en un libro que cada lucero es la titilante vida de alguien que en la tierra se apaga.
-¿Y cómo piensas subir a los cielos?
-Caminaré mucho tiempo.
-Llegarás a los lindes de los siete mares, y no hay barcos que zarpen en la noche.
-Entonces me extinguiré poco a poco, y así subiré al firmamento. Me haré cometa errante.
-No puedes hacer eso, niña. Eres muy pequeña para apagarte.
-Quiero subir a las estrellas.
-Pero, ¿para qué?
-Para buscar la luz de mis ojos.
-La luz de tus ojos viaja contigo. ¿Ves?, tienes los ojos más bonitos que yo haya visto jamás.
-La luz de mis ojos no la puedes ver, se murió.
-¿Cómo...? No es posible.
-La luna es la madre de todas las estrellas de la noche, y las acoge en su regazo cuando vuelven de brillar en la tierra. Las estrellas nacen en las personas, y suben al cielo cuando éstas mueren.
-Pero tú no estás muerta.
-A veces dos estrellas se unen, e irradian un mismo destello. Cuando una de las dos se apaga, la otra asciende tras ella. Voy al cielo a buscar mi estrella.
-Hay millones de estrellas, no la podrás hallar.
-Entonces me quedaré allí, vagando entre las noches, cuando se dejan ver. Me quedaré allí, hasta que un resplandor me arrastre junto a la luz de un lucero. Volveré antes de apagarme, y podré decir que muero... por una estrella.
enc.
-Niña, ¿dónde vas tan tarde?
-A buscar estrellitas al cielo. He leído en un libro que cada lucero es la titilante vida de alguien que en la tierra se apaga.
-¿Y cómo piensas subir a los cielos?
-Caminaré mucho tiempo.
-Llegarás a los lindes de los siete mares, y no hay barcos que zarpen en la noche.
-Entonces me extinguiré poco a poco, y así subiré al firmamento. Me haré cometa errante.
-No puedes hacer eso, niña. Eres muy pequeña para apagarte.
-Quiero subir a las estrellas.
-Pero, ¿para qué?
-Para buscar la luz de mis ojos.
-La luz de tus ojos viaja contigo. ¿Ves?, tienes los ojos más bonitos que yo haya visto jamás.
-La luz de mis ojos no la puedes ver, se murió.
-¿Cómo...? No es posible.
-La luna es la madre de todas las estrellas de la noche, y las acoge en su regazo cuando vuelven de brillar en la tierra. Las estrellas nacen en las personas, y suben al cielo cuando éstas mueren.
-Pero tú no estás muerta.
-A veces dos estrellas se unen, e irradian un mismo destello. Cuando una de las dos se apaga, la otra asciende tras ella. Voy al cielo a buscar mi estrella.
-Hay millones de estrellas, no la podrás hallar.
-Entonces me quedaré allí, vagando entre las noches, cuando se dejan ver. Me quedaré allí, hasta que un resplandor me arrastre junto a la luz de un lucero. Volveré antes de apagarme, y podré decir que muero... por una estrella.
enc.
martes, 8 de septiembre de 2009
-¿Jugamos al poker?. Te apuesto el cielo. Con estrellas, si quieres.
-No quiero el cielo. No quiero nada de tí. Odio el poker.
-Respuesta erronea. Tu boca miente, y tus ojos te traicionan. Vamos, juégatela.
-Voy a perder. Y soy mal perdedor.
-Te dejaré ganar. Recuerda: tú siempre ganas. Tienes las mejores fichas, las mejores cartas, la mejor estrategia. Lo tienes todo.
-No sé que hacer con ellas. Recuerda: soy un cobarde. Me valgo de calumnias y trampas. Lo sabes.
-Acepto tus reglas. Quiero jugar. Quiero ver qué eres capaz de hacer, qué eres capaz de admitir, qué eres capaz de arriesgar.
-¿Aceptas jugar sucio? No entiendo. ¿Para qué quieres jugar, pues? Te voy a hacer daño, vas a perderlo todo. Llorarás. Lo pasarás mal.
-No me importa. No me importa ahora. ¿Qué coño te importa que yo este mal? No contestes. Conozco la respuesta. ¿No ves que lo único que quiero es jugarmela contigo, una y otra vez?
-No me gustan tus reglas, nena. Me siento un hijo de puta.
-Lo eres. Pero eso no me sorprende. Eres mi puto rey. Mi as de corazones.
-Estás tirando a matar. ¿Qué quieres? ¿Qué cojones quieres?
-Jugar al poker. He perdido. Ya lo sé. Nunca te voy a ganar. En esta partida, sólo caben dos, y tus cartas hablan de tres. Sólo quiero ser tu compañera de juegos. No me vas a dar más que lágrimas, más que burbujas de cerveza. Mira. Mira y verás. Juégatela.
-No tengo nada que apostar.
-Apuestate una verdad. Apuesta un te quiero. Si gano, me lo das. Si pierdo, solo tengo un adiós para entregarte. Juega. Sabes que vas a ganar, ¿qué temes?
-Temo ganar. Pero sobre todo, temo perder y solo tener un te quiero para regalarte. Solo uno.
-Vas a ganar. No te preocupes. Guárdate tu te quiero.
-Entonces temo que también tú tengas un solo adiós. Solo uno.
enc.
-No quiero el cielo. No quiero nada de tí. Odio el poker.
-Respuesta erronea. Tu boca miente, y tus ojos te traicionan. Vamos, juégatela.
-Voy a perder. Y soy mal perdedor.
-Te dejaré ganar. Recuerda: tú siempre ganas. Tienes las mejores fichas, las mejores cartas, la mejor estrategia. Lo tienes todo.
-No sé que hacer con ellas. Recuerda: soy un cobarde. Me valgo de calumnias y trampas. Lo sabes.
-Acepto tus reglas. Quiero jugar. Quiero ver qué eres capaz de hacer, qué eres capaz de admitir, qué eres capaz de arriesgar.
-¿Aceptas jugar sucio? No entiendo. ¿Para qué quieres jugar, pues? Te voy a hacer daño, vas a perderlo todo. Llorarás. Lo pasarás mal.
-No me importa. No me importa ahora. ¿Qué coño te importa que yo este mal? No contestes. Conozco la respuesta. ¿No ves que lo único que quiero es jugarmela contigo, una y otra vez?
-No me gustan tus reglas, nena. Me siento un hijo de puta.
-Lo eres. Pero eso no me sorprende. Eres mi puto rey. Mi as de corazones.
-Estás tirando a matar. ¿Qué quieres? ¿Qué cojones quieres?
-Jugar al poker. He perdido. Ya lo sé. Nunca te voy a ganar. En esta partida, sólo caben dos, y tus cartas hablan de tres. Sólo quiero ser tu compañera de juegos. No me vas a dar más que lágrimas, más que burbujas de cerveza. Mira. Mira y verás. Juégatela.
-No tengo nada que apostar.
-Apuestate una verdad. Apuesta un te quiero. Si gano, me lo das. Si pierdo, solo tengo un adiós para entregarte. Juega. Sabes que vas a ganar, ¿qué temes?
-Temo ganar. Pero sobre todo, temo perder y solo tener un te quiero para regalarte. Solo uno.
-Vas a ganar. No te preocupes. Guárdate tu te quiero.
-Entonces temo que también tú tengas un solo adiós. Solo uno.
enc.
miércoles, 22 de abril de 2009
-Cántame una canción.
-No sé contar cuentos.
-No importa. Te la puedes inventar.
-Sería de mentira.
-La vida es mentira.
-Entonces, ¿por qué me pides mentiras?
-Suenan bien.
-También duelen.
-No. Te adormecen, te ciegan. Son droga, no te hacen ver la realidad. La realidad duele.
-No toda. Hay realidades bonitas. Tú eres bonita.
-¿No te he dicho nunca que soy de mentira?
-Las mentiras no piden canciones.
-A las canciones les gustan las mentiras. Todas son bucólicas y fantásticas. Solo hablan de amor ideal.
-El amor es un ideal.
-El amor es un ideal ideal, sí. Pero también es real. Y lo real es mentira.
-Me estás llamando mentiroso.
-Todos lo somos.
-Si te amo, ¿es certero?
-No.
-Pero tú me amas.
-No.
-¿Por qué me pides una canción, pues?
-Porque eres bonito.
enc.
-No sé contar cuentos.
-No importa. Te la puedes inventar.
-Sería de mentira.
-La vida es mentira.
-Entonces, ¿por qué me pides mentiras?
-Suenan bien.
-También duelen.
-No. Te adormecen, te ciegan. Son droga, no te hacen ver la realidad. La realidad duele.
-No toda. Hay realidades bonitas. Tú eres bonita.
-¿No te he dicho nunca que soy de mentira?
-Las mentiras no piden canciones.
-A las canciones les gustan las mentiras. Todas son bucólicas y fantásticas. Solo hablan de amor ideal.
-El amor es un ideal.
-El amor es un ideal ideal, sí. Pero también es real. Y lo real es mentira.
-Me estás llamando mentiroso.
-Todos lo somos.
-Si te amo, ¿es certero?
-No.
-Pero tú me amas.
-No.
-¿Por qué me pides una canción, pues?
-Porque eres bonito.
enc.
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