Entre la ventana y el escritorio las caracolas azules de su Pall Mall bailaban con la luz naranja de una primavera que ardía. El fuego de las tardes le consumía los días y los meses y los años en cuestión de minutos, de caladas que trepaban por sus dedos y volaban, volaban tan alto que le dibujaban sonrisas de medio lado, de medio vestir cuando recordaba que ayer fue igual. Las tardes le tatuaban el pecho con rayas, como la pared de la cárcel de un preso que cuenta los días que lleva sin ver el viento, o los días que le quedan para pintar los caminos sin barrotes de por medio. Pero él había perdido la cuenta.
Se perdió a mitad de canción, entre el primer estribillo y la tercera estrofa, justo en el momento en que la música se llenaba de trompetas. Menuda hija de puta la orquesta que lo había dejado sin ovación. Sorbía despacio del vaso, apenas acariciando con sus labios el cristal, pues se había jurado no rozar con su lengua ni la cerveza ni la ceniza hasta que ella entrase de nuevo por esa jodida puerta. Se reía entre dientes mientras le decía al cenicero que eso de las margaritas y de las puestas de sol cogidos de la mano era todo una basura y una maldita mentira.
Encendió otro Pall Mall solo para ver escalar las arañas de sus sueños color mar por la pared. Después de todo, dijo en voz alta, ni estamos tan malditos ni estamos tan solos.
enc.
lunes, 27 de mayo de 2013
jueves, 23 de mayo de 2013
Esta mañana le quemé las alas al alba
con la punta de un cigarro escupiendo humo.
Apunté al centro del ansia que me eleva
y que me flota mientras nado en esa nada
tan tuya y tan mía
tan llena de huecos como la ceniza que se nos pega a la ropa,
que envuelve tus camisas con el viento y baila entre mis cuerdas.
Y es que tiene sabor a noche y a primavera y a mucha cerveza
corriendo por las venas
desgastando las manos tras las orejas y los brillos de los dedos
entre tu pelo.
Pero ven y dime hoy que si grito en silencio la pólvora sabrá menos
a verano,
que si callo es porque me arranco a borbotones de tu lado,
que si me hundo es en el lodo y en el barro y lloro tierra
lloro tierra
ya no añoro si no son tus ojos y tus arañazos a bocajarro
ya no bajo a los infiernos para trepar a la luna de este mayo.
Ya no beso flores de loto cuando floto entre mis rotos.
Entre tus rotos.
Entre los esquemas y las quemaduras que se quedan en cueros.
Ya no lloro tierra por si lloro ríos.
O mares.
Todos los mares de tierra.
Todos los mares de la tierra.
enc.
lunes, 1 de abril de 2013
Dicen que nos espían los sueños y que luego se lo cuentan al gato que llevamos en el pecho. Qué verán, qué verán, entre las nubes de tu pelo y bajo la cascada de tu ombligo. A mí mi gato solo me araña y me maulla por dentro, se me aprieta contra las costillas y toca en ellas el piano con sus finos bigotes amarillos. Luego están sus ojos, que me miran mientras miro que tú no miras; ojos azules en donde naufragan los barcos y las noches son más largas, como si viviésemos muy al norte o muy al sur. El gato de mi pecho apenas duerme entre las lianas de mis venas: prefiere los dedos de mis manos frías que lo acarician por inercia cuando abrazo mi costado. El gato de mi pecho llora porque no le vienes a ver, porque dices que prefieres aullarle a la luna menguante, a la que siempre se va, por aquello de no hacerte esperar; qué tendrá ella que no tiene la cárcel de costillas y el pulmón que te dejamos para que vengas a dormir con nosotros.
El gato de mi pecho vive en los tejados; maulla su dolor porque no sabe llorar. Y se dedica a vigilar el silencio de los muertos, de los que no viven de noche, el silencio de quien duerme porque tampoco sabe soñar.
El gato de mi pecho mira mis sueños y luego me habla de ti, lentamente, mientras entre mis tendones resuena la melodía de las noches y sus ruidos afilados. El gato de mi pecho te espía en sueños mientras se recuesta en mi oreja y vela porque no salgas de mi cabeza.
enc.
El gato de mi pecho vive en los tejados; maulla su dolor porque no sabe llorar. Y se dedica a vigilar el silencio de los muertos, de los que no viven de noche, el silencio de quien duerme porque tampoco sabe soñar.
El gato de mi pecho mira mis sueños y luego me habla de ti, lentamente, mientras entre mis tendones resuena la melodía de las noches y sus ruidos afilados. El gato de mi pecho te espía en sueños mientras se recuesta en mi oreja y vela porque no salgas de mi cabeza.
enc.
domingo, 13 de enero de 2013
Borrar y reescribir en esta rutina de un no parar, de un vaivén que nunca vuelve aunque siempre me creo más cerca de lo lejos que se ve. Pero vamos a ver, ¿cómo escribir tanto tiempo y tanto lugar? Si no hay aquél por el que beber y desvivir y poner a derretir la tinta de una pluma que no quiere coger vuelo. Aun cuando me dejo llevar me arrastra a ras de suelo y me dice que mire en los huecos, que allí siempre hay lleno aunque me detenga a respirar y no encuentre aire porque está intentando levar las alas y clavar el ancla.
No recordaba el sabor de la terapia y su ácida dosis de metamorfosis, de grima en los dedos que se sobresaltan al mirar el paisaje desde lo alto de la atalaya y "qué bonito se ve lo que se reconoce pero no se recuerda, o se recuerda pero no se quiere volver a reconocer". Y así, sumidos en un no me mires a través del cristal de la ventana, revelamos fotos veladas del brillo del vidrio que a veces es iris y otras solo pupilas encarnadas; a veces reluce cual grito de una cerilla que corre chupando mi aire pero es humo de nuevo y de viejo: de lo que fue y sigue siendo pero ya solo se es en otros derroteros.
Y me gusta esa palabra, "derroteros". Derroteros de la batalla y desterrados de la victoria, como si alguna vez esto hubiese sido ese campo de sangre donde vender las venas al mejor postor de una subasta de dos. Mi propio corazón que lucha por sus andamios y el corazón de aquél que echa de menos su vendas. Y esa es la realidad. La irreal relevancia de que ganar o perder se basa en mirar a través de lo que se deja ver, lo que mostramos a través de un juego de naipes donde cada carta es una navaja afilada con la que sacar las entrañas. Y así, sin dejar tiempo al tiempo, corre el sudor entre los huesos que entrechocan por volver al camino y ascender a base de besos al viento, de robar caricias a la cima para que se porte bien y nos eleve aún más alto.
Es por ello que apenas decaigo más que lo necesario para curar la herida. Y en ello estamos hasta que alcancen de nuevo las sombras y se lleven, de nuevo, la luz a allá de donde nunca debió de salir, y de donde de cuando en cuando logra asir un hilo de oscuridad para volver a ser lo que siempre fue: el pozo sin fondo de un loco que nunca cierra los ojos.
enc.
No recordaba el sabor de la terapia y su ácida dosis de metamorfosis, de grima en los dedos que se sobresaltan al mirar el paisaje desde lo alto de la atalaya y "qué bonito se ve lo que se reconoce pero no se recuerda, o se recuerda pero no se quiere volver a reconocer". Y así, sumidos en un no me mires a través del cristal de la ventana, revelamos fotos veladas del brillo del vidrio que a veces es iris y otras solo pupilas encarnadas; a veces reluce cual grito de una cerilla que corre chupando mi aire pero es humo de nuevo y de viejo: de lo que fue y sigue siendo pero ya solo se es en otros derroteros.
Y me gusta esa palabra, "derroteros". Derroteros de la batalla y desterrados de la victoria, como si alguna vez esto hubiese sido ese campo de sangre donde vender las venas al mejor postor de una subasta de dos. Mi propio corazón que lucha por sus andamios y el corazón de aquél que echa de menos su vendas. Y esa es la realidad. La irreal relevancia de que ganar o perder se basa en mirar a través de lo que se deja ver, lo que mostramos a través de un juego de naipes donde cada carta es una navaja afilada con la que sacar las entrañas. Y así, sin dejar tiempo al tiempo, corre el sudor entre los huesos que entrechocan por volver al camino y ascender a base de besos al viento, de robar caricias a la cima para que se porte bien y nos eleve aún más alto.
Es por ello que apenas decaigo más que lo necesario para curar la herida. Y en ello estamos hasta que alcancen de nuevo las sombras y se lleven, de nuevo, la luz a allá de donde nunca debió de salir, y de donde de cuando en cuando logra asir un hilo de oscuridad para volver a ser lo que siempre fue: el pozo sin fondo de un loco que nunca cierra los ojos.
enc.
sábado, 1 de septiembre de 2012
De las cenizas no se resurge a menos que arda en polvo y se quede pegado a la piel, con ese olor a pólvora que recuerda a viejas batallas y a pronfundas heridas de bala en las costillas. Volver a caminar es afilar de nuevo el cuchillo y cargar una vez más la recámara de ocho balas y una de aire. La que más duele por mucho que digan del acero.
Lo mejor de la emoción de todo eso, de la mano en tensión abrazando una pistola o un lápiz, qué más da, es la locura que antecede a la calma. El fuego corriendo por unos brazos que danzan solos, al son de unos pies que resuenan en la cabeza de la música y su ritmo, del tintineo del reloj o de las jotas alargadas que perfilas en las esquinas de los poemas que echas a volar.
Bailar al son de un corazón que late por pereza, alcohol o casualidad. En realidad qué más da mientras lo haga, si los besos saben igual con amor o con cerveza. Dejarnos llevar por las noches de verano pero patinando en las noches eternas, dejándonos caer en los bancos de los parques donde los corazones se superponen y todo es abstracto y está del revés.
Como nuestras bocas besando humo a dos centímetros de distancia.
enc.
Lo mejor de la emoción de todo eso, de la mano en tensión abrazando una pistola o un lápiz, qué más da, es la locura que antecede a la calma. El fuego corriendo por unos brazos que danzan solos, al son de unos pies que resuenan en la cabeza de la música y su ritmo, del tintineo del reloj o de las jotas alargadas que perfilas en las esquinas de los poemas que echas a volar.
Bailar al son de un corazón que late por pereza, alcohol o casualidad. En realidad qué más da mientras lo haga, si los besos saben igual con amor o con cerveza. Dejarnos llevar por las noches de verano pero patinando en las noches eternas, dejándonos caer en los bancos de los parques donde los corazones se superponen y todo es abstracto y está del revés.
Como nuestras bocas besando humo a dos centímetros de distancia.
enc.
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