enc.
domingo, 14 de febrero de 2016
Anoche salimos a bailar. La calle desbordaba gente, en este febrero tan de verano, donde el sol tiene ganas de quedarse y de jugar, qué cosas, a rebotar con los vasos y con las hojas que aún arranca un otoño tardío. Todo el mundo está loco. El sol, la noche, la gente. Y a mí me apetecía la cerveza como si fuera agosto y fuese en sandalias y viviese en vacaciones y qué preocupación de qué me río mañana, y con quién, y a dónde vamos, a subir montañas o a nadarnos los mares. Tengo las sábanas llenas de arena, de resina y de barro, de saliva, de sudor y de polo norte. Vente, que me apetece verte y me sobra la gente. Mañana no madrugamos, mañana desayunamos café y pizza congelada. A las tres de la tarde. Pero ayer aún no ha llegado, y yo sigo chocándome con copas de ron y de ginebra, alguien me saluda y alguien me mira desde la acera de enfrente, y yo solo pienso en todas las pelis que ojalá no hubiera visto y aún pudiera ver por primera vez. Se hace tarde y comienza a morir la noche, las esquinas cada vez más vacías, o más llenas de soledades, de besos borrachos, de frío. Y yo quiero volver a casa. Quiero volver a casa y a tus brazos, que es lo mismo, y hundirme entre las sábanas y las dos toneladas de mantas y que siga siendo de noche dos días más. Quien dice pelis dice tu nombre, una y otra vez, como si cada día fuese la cuenta atrás para encontrar todos tus lunares, para preguntarte por todos tus sueños, para destapar todas tus heridas, para lamer todo tu cuello. Afuera sigue siendo febrero confundido, ya no sabe si llover o extender la primavera, y yo aquí dentro salgo a bailar, a cruzarme calles que me echan de menos, a jugarme los amaneceres. Quien dice pelis dice tu nombre y dice maldita las noches que salí a bailar creyéndome playa entre tanta nieve, y ahora con los pies mojados mi cama solo guarda todos, todos, todos los inviernos que ya solo vuelven en los recuerdos. Y qué frío hace hoy, joder.
martes, 26 de enero de 2016
-Estás cayendo.
-No, estoy volando.
Me encanta la idea
de que estés viendo el mismo cielo
al otro lado de la ciudad
y solo se me ocurre pensar
si ese rojo tan rojo
tú también lo ves arder.
Me encanta la idea
de no tener que dar bienvenidas
abrir ventanas
cerrar puertas
decir adiós.
Me encanta la idea
de querer andar de la mano
todas las calles
todos los días
sin tocarnos.
Me encanta la idea
de saber que la lealtad
se mide en silencios
en muchos silencios
y en las palabras justas
siempre
solo
cuando tocan.
Me encanta la idea
de saber elegir.
Si solo supiera hacer una cosa
solo querría
saber elegir.
Elijo hoy aquí y contigo.
Elijo sin ti.
Me encanta la idea
de jugármela todo
a una sola carta.
Y perder.
Besar los abismos,
quemarme,
gritar.
Me encanta la idea
de disparar sin recámara
solo balas
mucha herida para apuntar
poca sangre fría.
Pero
por encima de todo
me encanta la idea
de tirar los dados
y que salga casa
de encontrarlas
de construirlas
cada día
poco a poco
con manos
co(n)razón
con muchos puentes
y poco relojes
que midan tiempos
y que cuenten distancias.
(y cada vez quedan menos pozos
menos oscuridades
y menos salpicaduras)
enc.
-No, estoy volando.
Me encanta la idea
de que estés viendo el mismo cielo
al otro lado de la ciudad
y solo se me ocurre pensar
si ese rojo tan rojo
tú también lo ves arder.
Me encanta la idea
de no tener que dar bienvenidas
abrir ventanas
cerrar puertas
decir adiós.
Me encanta la idea
de querer andar de la mano
todas las calles
todos los días
sin tocarnos.
Me encanta la idea
de saber que la lealtad
se mide en silencios
en muchos silencios
y en las palabras justas
siempre
solo
cuando tocan.
Me encanta la idea
de saber elegir.
Si solo supiera hacer una cosa
solo querría
saber elegir.
Elijo hoy aquí y contigo.
Elijo sin ti.
Me encanta la idea
de jugármela todo
a una sola carta.
Y perder.
Besar los abismos,
quemarme,
gritar.
Me encanta la idea
de disparar sin recámara
solo balas
mucha herida para apuntar
poca sangre fría.
Pero
por encima de todo
me encanta la idea
de tirar los dados
y que salga casa
de encontrarlas
de construirlas
cada día
poco a poco
con manos
co(n)razón
con muchos puentes
y poco relojes
que midan tiempos
y que cuenten distancias.
(y cada vez quedan menos pozos
menos oscuridades
y menos salpicaduras)
enc.
domingo, 22 de noviembre de 2015
Yo he visto el amor romperse delante de mí. Enfrente de mí. Tal vez dentro de mí. Lo he visto explotar, saltar, hacerse pedazos. Mancharlo todo de dolor, que es un color feísimo. He visto la desintegración de los corazones, he visto los cuchillos por el aire, los puños contra la pared. He visto cómo se queman las promesas de papel, cómo arden las alas de las mariposas, cómo se vomitan los restos. Siempre hay restos. He visto los intentos de rebobinar, las caricias en andamios apuntilladas, los cruces en el camino y los esquivos. Las espaldas. Las manos cerradas. Las ganas de correr, y las roturas de talón de Aquiles. Lo ajeno. Lo de cómo se aprende a desquerer. Te desconozco, tan poco a poco. Permiso para desnudarme, para quitarme la ropa. Las fronteras, las murallas, las vallas, las aduanas, los océanos de la cama. Aquí nadie nada, solo se flota. Yo he visto las huidas y las derrotas y la sangre, todo junto o solo a ratos, o solo siempre. Los oídos no tienen párpados, y no se quiere oír lo que se oye; también se ve cuando se escucha bajo la puerta.
Mis ojos no me representan. Porque han visto demasiado. Y yo prefiero vivir ciega, y tal vez sorda. A qué suena la muerte, yo te respondo. La muerte del amor suena a una habitación llena de silencios, de muchos silencios, de silencios todo el día, con mucho ruido de fondo, ruido sin parar. Suena a cabezas bullendo, a cabezas viajando, a cabezas viviendo en otra habitación. La gente ama al amor, y la gente ama el silencio. La gente no sabe que cuando el amor se muere lo que queda es solo eso: silencio, un silencio blanco. Silencio en la voz, silencio en los ojos, silencio en el corazón. Un corazón blanco.
Yo, que he visto la muerte del amor, amo que me griten, que me hagan ruido, que me hagan sonar. Y amo que me manchen, que me coloreen, que me llenen los oídos de pintura roja, y los ojos de azul, de azul marino. Y que me dejen el corazón tan blanco.
enc.
Mis ojos no me representan. Porque han visto demasiado. Y yo prefiero vivir ciega, y tal vez sorda. A qué suena la muerte, yo te respondo. La muerte del amor suena a una habitación llena de silencios, de muchos silencios, de silencios todo el día, con mucho ruido de fondo, ruido sin parar. Suena a cabezas bullendo, a cabezas viajando, a cabezas viviendo en otra habitación. La gente ama al amor, y la gente ama el silencio. La gente no sabe que cuando el amor se muere lo que queda es solo eso: silencio, un silencio blanco. Silencio en la voz, silencio en los ojos, silencio en el corazón. Un corazón blanco.
Yo, que he visto la muerte del amor, amo que me griten, que me hagan ruido, que me hagan sonar. Y amo que me manchen, que me coloreen, que me llenen los oídos de pintura roja, y los ojos de azul, de azul marino. Y que me dejen el corazón tan blanco.
enc.
lunes, 21 de septiembre de 2015
La vida te lleva por caminos raros
o a veces
solo
a caminar en círculos.
A ver el óxido, a reírte
de ti
de tu yo
de tu pasado.
A ver cómo a veces
bailar solo es un verbo
y otras
el verso del poema.
Quizá no tengo derecho
a volver a volver
a echarme tanto de menos
a buscarme por las noches
y olvidarme de madrugada
a besar fantasmas con ansia
con sed de hayalguienmás.
Y eso que entre cervezas suelo jurar
suelo brindar
qué bien estamos y qué poco lo merecemos
qué ganas de tener aviones en la maleta
cuánto desperfecto entre mis dedos
qué guapo estás hoy
pero
¿me perdono?
Y sí,
así
tan a manchas
tan a desafine
tan a escupitajos
tan avería.
Se me ven
todas las vergüenzas
entre las letras.
Y yo solo quiero que me mires a la cara
o a la cruz.
Y no
no quiero perdones.
Cómo me gusta esa palabra:
avería.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
A veces garabateamos frases inconexas e inconclusas en trozos de papel que arrancamos de a saber dónde y de quién. Y escupimos, medio a escondidas, la astilla que se nos clava en el costado y que nos hace caminar medio torcidos, como buscándonos las cosquillas con muy poca gracia. Y lo que queda son fragmentos o cristales o algo así, que de pronto encuentras cuando no buscabas nada y entonces se te va el corazón a la boca y a la herida y a los ojos. Y joder. Nos creemos libres de sentimientos vomitándolos en una cuartilla mal doblada, que aparece sin más (y con menos) meses después, dándote una hostia y cortándote el aire, diciéndote, "eh, tú, sigues siendo la misma idiota que se cree que por cerrar los ojos y echar las palabras a volar no van a volver" . Como si no volviera diciembre. O como si el tiempo olvidase la nos(osotros)talgia.
Aquí el tiempo no entiende de números, ni de pasos de cebra. No hay señales de ceda el paso, de límite de velocidad o de gire a la izquierda. Aquí se late en verde y en brisa peinando los dientes de león, mientas hay crucigramas de letras en otra lengua resolviéndose en el cielo. Aquí sobra quedarme en tu verano e incluso en tu regazo, en el vacío o en el desborde del cenicero que ha visto demasiadas noches en vela. Aún me gusta abrirme las heridas y arrancarme la costra, a ver si así vuelven los fantasmas a dormir a mi cama y vuelvo a enamorarme del espectro o de tu esqueleto. A ver si así consigo romper los papeles y dejar de pensar que las cicatrices son solo raíles de un tren con parada abandonada.
Aquí soñar se paga caro por aquello de las aduanas y del tráfico de minutos goteando por las madrugadas. No sé por qué recurro siempre a la certeza de una lejanía que me sabe tan a cerca, o por qué no termino de dejarte ir o de buscarte entre los gestos de la gente que me mira como poniéndole título a mi propio drama. Recaliento entre las manos las ganas y las lágrimas de que aparezcas por mi puerta, o que gires la esquina como buscando el letrero de mi calle y te topes de casualidad conmigo. Vengo por ti, o aún no me he ido, en esos ojos que todavía me abrasan la garganta, y que me desnudan tan a bocajarro como la piel ardiendo en un diciembre eterno. No importa que estemos a mediados de abril, que mañana sea fiesta o que maldiga el tiempo que pierdo desgarrando el papel como forma inútil de echarte a volar. Quizá lo único que quiero es la llave de las cadenas o los grilletes para anclarme en otra celda que por lo menos me cambie el paisaje el dieciséis de cada mes.
T, abril2014.
enc.
Aquí el tiempo no entiende de números, ni de pasos de cebra. No hay señales de ceda el paso, de límite de velocidad o de gire a la izquierda. Aquí se late en verde y en brisa peinando los dientes de león, mientas hay crucigramas de letras en otra lengua resolviéndose en el cielo. Aquí sobra quedarme en tu verano e incluso en tu regazo, en el vacío o en el desborde del cenicero que ha visto demasiadas noches en vela. Aún me gusta abrirme las heridas y arrancarme la costra, a ver si así vuelven los fantasmas a dormir a mi cama y vuelvo a enamorarme del espectro o de tu esqueleto. A ver si así consigo romper los papeles y dejar de pensar que las cicatrices son solo raíles de un tren con parada abandonada.
Aquí soñar se paga caro por aquello de las aduanas y del tráfico de minutos goteando por las madrugadas. No sé por qué recurro siempre a la certeza de una lejanía que me sabe tan a cerca, o por qué no termino de dejarte ir o de buscarte entre los gestos de la gente que me mira como poniéndole título a mi propio drama. Recaliento entre las manos las ganas y las lágrimas de que aparezcas por mi puerta, o que gires la esquina como buscando el letrero de mi calle y te topes de casualidad conmigo. Vengo por ti, o aún no me he ido, en esos ojos que todavía me abrasan la garganta, y que me desnudan tan a bocajarro como la piel ardiendo en un diciembre eterno. No importa que estemos a mediados de abril, que mañana sea fiesta o que maldiga el tiempo que pierdo desgarrando el papel como forma inútil de echarte a volar. Quizá lo único que quiero es la llave de las cadenas o los grilletes para anclarme en otra celda que por lo menos me cambie el paisaje el dieciséis de cada mes.
T, abril2014.
enc.
domingo, 26 de octubre de 2014
Hay tantos simulacros
hoy aquí
que he aprendido a bailar
con todos tus incendios.
Y cada vez me queda menos
de mujer de hielo
que se deshace por los ojos.
Hay tan poco mérito
en aprender a volar
que el vértigo es solo ya
otro lugar al que llegar.
Al igual
que todo acaba reducido
a lo mismo:
a domingos colgando de los dedos
enredando heridas cosidas
como quien teje nubes
sobre nubes
sin saber si quiere que no pare de llover
o que no llueva nunca más
Al final
lo que queda es eso:
un chándal de ausencias
con el que salir a correr
un domingo más
huyendo de nostalgias
que te besan los talones
o la boca
mientras sudas y lloras y llueves
y dejas de dar vueltas
al mismo puto círculo.
Como si el último domingo del mes
fuese a aparecer una esquina.
Por eso
de cobrar por adelantado
lo que nunca se queda atrás.
enc.
hoy aquí
que he aprendido a bailar
con todos tus incendios.
Y cada vez me queda menos
de mujer de hielo
que se deshace por los ojos.
Hay tan poco mérito
en aprender a volar
que el vértigo es solo ya
otro lugar al que llegar.
Al igual
que todo acaba reducido
a lo mismo:
a domingos colgando de los dedos
enredando heridas cosidas
como quien teje nubes
sobre nubes
sin saber si quiere que no pare de llover
o que no llueva nunca más
Al final
lo que queda es eso:
un chándal de ausencias
con el que salir a correr
un domingo más
huyendo de nostalgias
que te besan los talones
o la boca
mientras sudas y lloras y llueves
y dejas de dar vueltas
al mismo puto círculo.
Como si el último domingo del mes
fuese a aparecer una esquina.
Por eso
de cobrar por adelantado
lo que nunca se queda atrás.
enc.
sábado, 27 de septiembre de 2014
Hoy no salen vuelos hacia Nunca Jamás. Ya no aceptan manos vacías, pies llenos de barro. Rotos o descosidos en los dedos. Trampas en las palabras, quizá. Sobran intenciones, faltan certezas. Me faltas tú aquí. Y eso sí que es una mirada en el espejo a las dos de la mañana. Dónde vas, vete a dormir. Deja de mirar la pantalla. Deja de dejarte caer por la ventana, como si al fondo hubiese mar o arena o promesas a medias a punto de cumplirse o un no me esperes más, que estoy llegando o quizá solo una luz tan brillante que dormir acabe por ser imposible.
O tan solo unos dados lanzándose mutuamente para ver quién dispara primero. A la mierda con la autodestrucción. Con los poemas salvavidas y con las cuerdas del títere enredado en el pecho. Siempre habrá alguien que lo hará mejor. Salvarte. O no. Igual las palabras llenas de manos acaben por estrangular la necesidad de gritar, y quizá así todo vaya un poco mejor. Medio ahogados pero ahorrando aire. Tres minutos más de vida y silencio. Quién dijo que esto cosía la piel. Quién dijo nosequé del tiempo y la distancia y la ausencia y la necesidaddenada y el quererdetodo.
Claro.
Y una mierda.
enc.
O tan solo unos dados lanzándose mutuamente para ver quién dispara primero. A la mierda con la autodestrucción. Con los poemas salvavidas y con las cuerdas del títere enredado en el pecho. Siempre habrá alguien que lo hará mejor. Salvarte. O no. Igual las palabras llenas de manos acaben por estrangular la necesidad de gritar, y quizá así todo vaya un poco mejor. Medio ahogados pero ahorrando aire. Tres minutos más de vida y silencio. Quién dijo que esto cosía la piel. Quién dijo nosequé del tiempo y la distancia y la ausencia y la necesidaddenada y el quererdetodo.
Claro.
Y una mierda.
enc.
jueves, 26 de junio de 2014
Me preguntan las heridas de mi labio que a ver cuándo coño voy a dejar de morderme las lágrimas o las legañas y salgo de entre las sábanas, que ya es hora de cambiar las balas de la recámara y coger otro libro de poesía. O de autodestrucción. Que viene a ser lo mismo. Aunque en el primero te ponen flores encima del ataúd. Servicio incluido. Como si eso fuese a hacer más bonita la soledad o quizá hasta parecer un poco menos puta cuando vuelvo a casa rebosando ron, a esa hora en que ni los relojes se acuerdan de cómo se hace el amor.
Y es entonces cuando me revelo y exijo días buenos, pongo en huelga hasta las ganas de querer -y eso de nunca perder la esperanza, vaya mierda- y me planto ante tu puerta, mientras intento encontrar entre mis bolsillos unas llaves que nunca salieron de tu boca. Y de pronto me asalta la certeza de que estoy hasta la polla de que siempre llueva en esta ciudad y yo quiero dejar de empaparme, quizá porque aún no he aprendido a contar naufragios o quizá porque si los cuento no salimos de esta ola contra las rocas. Luego me doy cuenta de que apenas levanto dos palmos del suelo en eso de querer bien, y que hay mucho entendido que habla de poesía entre sus piernas pero apenas saben desnudarle los dolores y arrancarle las espinas. Y así nos va, vomitando heridas por las esquinas al volver de borrachera, y tragándonos los fracasos por miedo a que vean que nosotros tampoco tenemos alas y que eso de volar solo funciona en la cama. Resbalando en una pista de despegue y cerrando bien fuerte los ojos al decir te quiero por si no se abre el paracaídas.
Así que que me perdonen los poetas y todos aquellos que quieren de verdad y de puta madre (por si no es lo mismo). A mí es que bailar con música me parece demasiado aburrido, y no tener un boquete en el costado que cada vez que lata pida letras me causa demasiada confusión. Prefiero tus idas y venidas y la gilipollez de pensar que algún día dejarás de des-aparecer, a la seguridad de unas cadenas y un candado colgado del cuello mientras nos ladramos al oído. Así tengo algo por lo que escribir.
Que aquí todos sabemos que la felicidad apenas ocupa páginas.
enc.
Y es entonces cuando me revelo y exijo días buenos, pongo en huelga hasta las ganas de querer -y eso de nunca perder la esperanza, vaya mierda- y me planto ante tu puerta, mientras intento encontrar entre mis bolsillos unas llaves que nunca salieron de tu boca. Y de pronto me asalta la certeza de que estoy hasta la polla de que siempre llueva en esta ciudad y yo quiero dejar de empaparme, quizá porque aún no he aprendido a contar naufragios o quizá porque si los cuento no salimos de esta ola contra las rocas. Luego me doy cuenta de que apenas levanto dos palmos del suelo en eso de querer bien, y que hay mucho entendido que habla de poesía entre sus piernas pero apenas saben desnudarle los dolores y arrancarle las espinas. Y así nos va, vomitando heridas por las esquinas al volver de borrachera, y tragándonos los fracasos por miedo a que vean que nosotros tampoco tenemos alas y que eso de volar solo funciona en la cama. Resbalando en una pista de despegue y cerrando bien fuerte los ojos al decir te quiero por si no se abre el paracaídas.
Así que que me perdonen los poetas y todos aquellos que quieren de verdad y de puta madre (por si no es lo mismo). A mí es que bailar con música me parece demasiado aburrido, y no tener un boquete en el costado que cada vez que lata pida letras me causa demasiada confusión. Prefiero tus idas y venidas y la gilipollez de pensar que algún día dejarás de des-aparecer, a la seguridad de unas cadenas y un candado colgado del cuello mientras nos ladramos al oído. Así tengo algo por lo que escribir.
Que aquí todos sabemos que la felicidad apenas ocupa páginas.
enc.
domingo, 8 de junio de 2014
Ya
queda
menos
para
olvidarte.
Aunque a veces haga rehenes entre revoluciones y treguas, y me siente a verme las heridas y a ponerlas guapas. Imagínate si odio las despedidas que empecé a decirte adiós en el momento en que soltaste el primer 'hola' entre dientes y tequilas.
Otras veces me abrazo los recuerdos, sobre todo cuando hay tormenta y en la cama apenas queda espacio para más lluvia. Entonces pienso que en realidad no tienes por qué irte. Que me gustan tus amagos y tu mochila al hombro, las veces que te cuelgas de mis ojos y te pasas los días colándote en mis palabras o en las caras de los espejos. Incluso, a veces, me gusta que te rías y me mandes a la mierda mientras cierras la puerta, dejando al eco acunar todos mis fantasmas y mis miedos. Pero vuelves.
Y yo ya no sé si quiero más vértigos o más recaídas. En realidad no quiero olvidarte, ni que te vayas; tampoco que te quedes, ni seguir recordándote entre la cerveza, los ceniceros, las camisas de cuadros y las pelis de Cronenberg.
En realidad quiero no tener que olvidarte, como si nunca hubieses pasado aquella tarde por mi lado y hubieses levantado todos los putos huracanes del planeta.
Pero lo cierto
es que ya queda menos
para olvidarte.
enc.
queda
menos
para
olvidarte.
Aunque a veces haga rehenes entre revoluciones y treguas, y me siente a verme las heridas y a ponerlas guapas. Imagínate si odio las despedidas que empecé a decirte adiós en el momento en que soltaste el primer 'hola' entre dientes y tequilas.
Otras veces me abrazo los recuerdos, sobre todo cuando hay tormenta y en la cama apenas queda espacio para más lluvia. Entonces pienso que en realidad no tienes por qué irte. Que me gustan tus amagos y tu mochila al hombro, las veces que te cuelgas de mis ojos y te pasas los días colándote en mis palabras o en las caras de los espejos. Incluso, a veces, me gusta que te rías y me mandes a la mierda mientras cierras la puerta, dejando al eco acunar todos mis fantasmas y mis miedos. Pero vuelves.
Y yo ya no sé si quiero más vértigos o más recaídas. En realidad no quiero olvidarte, ni que te vayas; tampoco que te quedes, ni seguir recordándote entre la cerveza, los ceniceros, las camisas de cuadros y las pelis de Cronenberg.
En realidad quiero no tener que olvidarte, como si nunca hubieses pasado aquella tarde por mi lado y hubieses levantado todos los putos huracanes del planeta.
Pero lo cierto
es que ya queda menos
para olvidarte.
enc.
martes, 8 de abril de 2014
Solo sé hacerme daño
cuando divido las noches
en dos partes
una que me lleva a ignorarte
y otra que se empeña en aullarte.
Y entonces ardo
quizá
esperando que vengas con todas tus olas
y tu arena
a enterrarme bajo tierra
o a apagarme
a dejarme sin cobertura
mientras tecleo y te veo
aquí a mi lado
como si no pensase
que verte de cerca es solo mirar cómo te alejas
o como cuando lloro frente a los espejos
y me río porque les miento
diciéndote que yo soy inmortal
que no estoy llorando
que solo es una forma más
de alargar el momento
en que por lo menos
estás tan adentro
que es más fácil
creer que este hielo
comienza a ser primavera
aunque ahí afuera
siga nevando
tan boca abajo
como este suelo
que empieza a patinar de agua
por todas las nubes
que no saben
alzar el vuelo.
Que echarte de más
solo es otra forma
de llorar de menos.
O viceversa.
enc.
cuando divido las noches
en dos partes
una que me lleva a ignorarte
y otra que se empeña en aullarte.
Y entonces ardo
quizá
esperando que vengas con todas tus olas
y tu arena
a enterrarme bajo tierra
o a apagarme
a dejarme sin cobertura
mientras tecleo y te veo
aquí a mi lado
como si no pensase
que verte de cerca es solo mirar cómo te alejas
o como cuando lloro frente a los espejos
y me río porque les miento
diciéndote que yo soy inmortal
que no estoy llorando
que solo es una forma más
de alargar el momento
en que por lo menos
estás tan adentro
que es más fácil
creer que este hielo
comienza a ser primavera
aunque ahí afuera
siga nevando
tan boca abajo
como este suelo
que empieza a patinar de agua
por todas las nubes
que no saben
alzar el vuelo.
Que echarte de más
solo es otra forma
de llorar de menos.
O viceversa.
enc.
viernes, 24 de enero de 2014
Es cuando me sube la fiebre en plena guerra. Cuando me desangro por los brazos al compás de los semáforos; poca prisa y muchas luces a 120 kilómetros por hora y yo parada en el asfalto a tres grados bajo cero. Con mucha prisa y pocas luces. Y rebota en las baldosas formando olas en mar abierto, como si hubiese barcos fondeando o saliendo a lamer espuma en ebullición o arena que se seca entre los dedos de los pies. A mí es que me dan vértigo los bordillos de las aceras. También pienso en corcheas cuando veo los pasos de cebra, y la música solo suena en mi cabeza y eso que bailar nunca se me ha dado bien. Lo que pasa es que paso demasiado tiempo en las trincheras, y cada vez que salgo con bandera blanca a parar la batalla me encuentro con tus ojos en las esquinas de las avenidas, y eso sí que es metralla para mi escudo de hojalata.
En realidad es cuando hago de funambulista en los bordes de los parques, procurando no caer al abismo de tierra y acabar con las rodillas llenas de polvo y algún arañazo en horizontal. Y entonces pienso que antes era primero el polvo -en horizontal- y depsués los arañazos y luego el abismo al caer a la tierra. Y joder, me gusta más cuando la gravedad nos marea y nos suelta en la frontera: no saber si hacemos el amor o el amor nos deshace a nosotros, y saltar de un lado a otro sin parar hasta borrarnos la piel y las aduanas y que vengan a detenernos por tráfico de estupefacientes y por secuestrarnos la lengua sin ni siquiera pedir rescate por ellas.
Pero no. Lo cierto es que es cuando la noche se para y el silencio es tan oscuro como fumar a contraluz, mientras espero a los fantasmas que vienen a hacerme compañía, que lo de la soledad tampoco lo he llevado demasiado bien. Guerras hay en todos sitios, me cuentan, en cada portal hay una herida en el pecho y varios casquillos de bala en los buzones. Ya, les contesto, pero a mí el cartero solo me deja sobres con pólvora, por eso de que prefiero imnolarme sola a que me desgarren de madrugada y de imprevisto cuando vuelvo a casa extendiendo las alas. Que al fin y al cabo es mi guerra aunque aún no sepa por quién o contra quién, que al fin y al cabo mandarán a un sicario mientras abro la puerta de la calle a plena luz del sol, mientras saco las cartas del buzón y me limpio los dedos manchados de pólvora en la pernera del pantalón.
enc.
En realidad es cuando hago de funambulista en los bordes de los parques, procurando no caer al abismo de tierra y acabar con las rodillas llenas de polvo y algún arañazo en horizontal. Y entonces pienso que antes era primero el polvo -en horizontal- y depsués los arañazos y luego el abismo al caer a la tierra. Y joder, me gusta más cuando la gravedad nos marea y nos suelta en la frontera: no saber si hacemos el amor o el amor nos deshace a nosotros, y saltar de un lado a otro sin parar hasta borrarnos la piel y las aduanas y que vengan a detenernos por tráfico de estupefacientes y por secuestrarnos la lengua sin ni siquiera pedir rescate por ellas.
Pero no. Lo cierto es que es cuando la noche se para y el silencio es tan oscuro como fumar a contraluz, mientras espero a los fantasmas que vienen a hacerme compañía, que lo de la soledad tampoco lo he llevado demasiado bien. Guerras hay en todos sitios, me cuentan, en cada portal hay una herida en el pecho y varios casquillos de bala en los buzones. Ya, les contesto, pero a mí el cartero solo me deja sobres con pólvora, por eso de que prefiero imnolarme sola a que me desgarren de madrugada y de imprevisto cuando vuelvo a casa extendiendo las alas. Que al fin y al cabo es mi guerra aunque aún no sepa por quién o contra quién, que al fin y al cabo mandarán a un sicario mientras abro la puerta de la calle a plena luz del sol, mientras saco las cartas del buzón y me limpio los dedos manchados de pólvora en la pernera del pantalón.
enc.
miércoles, 8 de enero de 2014
No sé lo que escribir
porque lo intento
y lo intento
y borro
y muerdo cristales
mientras te perdono
y me odio
me odio
porque
escribo
y todo lo que escribo
solo habla
de que me perdono
y te odio
te odio
porque
si no escribo
ni perdono
ni odio
qué me queda
solo cristales
hechos polvo
que ya no sé
si escupo
o los lloro
o son solo
los marcos
de las fotos
o los trozos
de los ratos
que gastamos
entre perdón
entre odio
y entre te escribo
me escribes
nos d-escribimos
o
nos des-escribimos.
enc.
porque lo intento
y lo intento
y borro
y muerdo cristales
mientras te perdono
y me odio
me odio
porque
escribo
y todo lo que escribo
solo habla
de que me perdono
y te odio
te odio
porque
si no escribo
ni perdono
ni odio
qué me queda
solo cristales
hechos polvo
que ya no sé
si escupo
o los lloro
o son solo
los marcos
de las fotos
o los trozos
de los ratos
que gastamos
entre perdón
entre odio
y entre te escribo
me escribes
nos d-escribimos
o
nos des-escribimos.
enc.
martes, 3 de diciembre de 2013
Diciembre es el alambre del recuerdo de aquel invierno, los héroes en busca de las princesas sin tacones, y los corazones fríos guardados en el fondo del frigorífico. Detrás de la lechuga y la tabla de quesos.
Qué manera de girar la rueda, con la pastilla de freno silbando de vez en cuando, como queriéndose detener dentro de poco. Como un reloj de arena que revienta contra el suelo formando playas y playas y más playas, con el mar demasiado lejos en el horizonte.
Pero es que son los mismos pájaros y el mismo cielo, los mismos bolígrafos que escribian hasta descarrillar, los mismos choques frontales y los mismos parones en seco. Las mismas hostias contra el cristal helado y el vaho dibujando tonterías hasta las cuatro de la mañana. El mismo amor a contrapelo arañando tras la oreja mientras ponemos una mueca de asco.
Yo no quiero más diciembres descoloridos y oh qué bonita la navidad. Qué bonita la gente, qué bonita la ciudad. Qué bonita la calle y una mierda, si ya no me cuelgo de tus brazos como girnaldas de un árbol que se quedó en otoño. Las calles me saludan y se rien entre dientes, pero joder qué frío hace y yo solo pienso en los cines y en los parques que se quedaban vacíos pero llenos de sombras que nos hacían compañía.
No voy a fumar hasta que mi pulmón me vuelva a gritar que necesita de tu aire, a ver si así soy tan valiente de hundir la cabeza en el agua y nadar a contraluz. Por eso de que se hace de noche mucho antes, nada más.
Que a mi diciembre me importa una puta mierda. Que son solo nueve letras y treinta y un dias de cerrar los ojos y decir bajito a mí que me vengan a salvar pero que sea en primavera.
enc.
Qué manera de girar la rueda, con la pastilla de freno silbando de vez en cuando, como queriéndose detener dentro de poco. Como un reloj de arena que revienta contra el suelo formando playas y playas y más playas, con el mar demasiado lejos en el horizonte.
Pero es que son los mismos pájaros y el mismo cielo, los mismos bolígrafos que escribian hasta descarrillar, los mismos choques frontales y los mismos parones en seco. Las mismas hostias contra el cristal helado y el vaho dibujando tonterías hasta las cuatro de la mañana. El mismo amor a contrapelo arañando tras la oreja mientras ponemos una mueca de asco.
Yo no quiero más diciembres descoloridos y oh qué bonita la navidad. Qué bonita la gente, qué bonita la ciudad. Qué bonita la calle y una mierda, si ya no me cuelgo de tus brazos como girnaldas de un árbol que se quedó en otoño. Las calles me saludan y se rien entre dientes, pero joder qué frío hace y yo solo pienso en los cines y en los parques que se quedaban vacíos pero llenos de sombras que nos hacían compañía.
No voy a fumar hasta que mi pulmón me vuelva a gritar que necesita de tu aire, a ver si así soy tan valiente de hundir la cabeza en el agua y nadar a contraluz. Por eso de que se hace de noche mucho antes, nada más.
Que a mi diciembre me importa una puta mierda. Que son solo nueve letras y treinta y un dias de cerrar los ojos y decir bajito a mí que me vengan a salvar pero que sea en primavera.
enc.
jueves, 14 de noviembre de 2013
Hoy hemos decidido que nos gusta más la luz del sol. Nos gustan las noches y los rayos de luna, claro que sí, pero cuando los usamos como pentagramas en las baldosas y bailamos como locos sobre ellas, con la música retumbando entre las costillas. Hemos decidido llorar para acunar los fantasmas cuando incordian a las tres de la madrugada, o llorar hasta dejar seco el costado y que escueza el corazón; hasta que duelan los ojos. Hemos decidido poder estar triste y vagar por las esquinas, poder gritar de rabia y descargar el odio contra una pared que ya nos conoce demasiado. Nos gusta la purpurina pero sin que nos pique los dientes, lo dulce en pequeñas dosis cada mañana y lo amargo en inyecciones letales una vez al año. Hemos decidido que puede dolar hasta clavarnos las uñas y que nos perfore los tímpanos.
Pero hoy también hemos decidido que las lágrimas son un derecho y la sonrisa un privilegio, que vamos a pensar bonito, que vamos a sentir bonito, que vamos a vivir bonito. Que cada día hay ciento dos motivos para unos ojos tristes, y trescientos quince para unas agujetas de reir. Que los kilómetros se pueden borrar y que la vida crece en las fronteras, que los minutos se pueden parar y que el tiempo es elástico. Hemos decidido que un abrazo preso en el pecho habla más de libertad que los que vuelan cada día. Hoy hemos decidido que tenemos superpoderes para esta guerra y que hoy no es el día de morir. Nos gusta sangrar porque eso dice que sentimos en carne viva, y que sentir da tantas alas como vértigo. Nadie dijo que las explosiones del corazón derribaran los muros de la nostalgia, pero yo lo sé, porque prefiero un anhelo que me haga sentir viva a una ausencia que me vacíe y me susurre que estoy muerta.
Hoy hemos decidido que nos gusta la vida y su sabor, las lágrimas saladas que anteceden a las sonrisas dulces; las caricias que calientan las manos frías y las palabras que alientan hasta prender fuego al alma. Hoy hemos decidido que queremos bailar hasta que duelan los pies, mientras ahí fuera la soledad se besa con las farolas.
enc.
Pero hoy también hemos decidido que las lágrimas son un derecho y la sonrisa un privilegio, que vamos a pensar bonito, que vamos a sentir bonito, que vamos a vivir bonito. Que cada día hay ciento dos motivos para unos ojos tristes, y trescientos quince para unas agujetas de reir. Que los kilómetros se pueden borrar y que la vida crece en las fronteras, que los minutos se pueden parar y que el tiempo es elástico. Hemos decidido que un abrazo preso en el pecho habla más de libertad que los que vuelan cada día. Hoy hemos decidido que tenemos superpoderes para esta guerra y que hoy no es el día de morir. Nos gusta sangrar porque eso dice que sentimos en carne viva, y que sentir da tantas alas como vértigo. Nadie dijo que las explosiones del corazón derribaran los muros de la nostalgia, pero yo lo sé, porque prefiero un anhelo que me haga sentir viva a una ausencia que me vacíe y me susurre que estoy muerta.
Hoy hemos decidido que nos gusta la vida y su sabor, las lágrimas saladas que anteceden a las sonrisas dulces; las caricias que calientan las manos frías y las palabras que alientan hasta prender fuego al alma. Hoy hemos decidido que queremos bailar hasta que duelan los pies, mientras ahí fuera la soledad se besa con las farolas.
enc.
lunes, 27 de mayo de 2013
Entre la ventana y el escritorio las caracolas azules de su Pall Mall bailaban con la luz naranja de una primavera que ardía. El fuego de las tardes le consumía los días y los meses y los años en cuestión de minutos, de caladas que trepaban por sus dedos y volaban, volaban tan alto que le dibujaban sonrisas de medio lado, de medio vestir cuando recordaba que ayer fue igual. Las tardes le tatuaban el pecho con rayas, como la pared de la cárcel de un preso que cuenta los días que lleva sin ver el viento, o los días que le quedan para pintar los caminos sin barrotes de por medio. Pero él había perdido la cuenta.
Se perdió a mitad de canción, entre el primer estribillo y la tercera estrofa, justo en el momento en que la música se llenaba de trompetas. Menuda hija de puta la orquesta que lo había dejado sin ovación. Sorbía despacio del vaso, apenas acariciando con sus labios el cristal, pues se había jurado no rozar con su lengua ni la cerveza ni la ceniza hasta que ella entrase de nuevo por esa jodida puerta. Se reía entre dientes mientras le decía al cenicero que eso de las margaritas y de las puestas de sol cogidos de la mano era todo una basura y una maldita mentira.
Encendió otro Pall Mall solo para ver escalar las arañas de sus sueños color mar por la pared. Después de todo, dijo en voz alta, ni estamos tan malditos ni estamos tan solos.
enc.
Se perdió a mitad de canción, entre el primer estribillo y la tercera estrofa, justo en el momento en que la música se llenaba de trompetas. Menuda hija de puta la orquesta que lo había dejado sin ovación. Sorbía despacio del vaso, apenas acariciando con sus labios el cristal, pues se había jurado no rozar con su lengua ni la cerveza ni la ceniza hasta que ella entrase de nuevo por esa jodida puerta. Se reía entre dientes mientras le decía al cenicero que eso de las margaritas y de las puestas de sol cogidos de la mano era todo una basura y una maldita mentira.
Encendió otro Pall Mall solo para ver escalar las arañas de sus sueños color mar por la pared. Después de todo, dijo en voz alta, ni estamos tan malditos ni estamos tan solos.
enc.
jueves, 23 de mayo de 2013
Esta mañana le quemé las alas al alba
con la punta de un cigarro escupiendo humo.
Apunté al centro del ansia que me eleva
y que me flota mientras nado en esa nada
tan tuya y tan mía
tan llena de huecos como la ceniza que se nos pega a la ropa,
que envuelve tus camisas con el viento y baila entre mis cuerdas.
Y es que tiene sabor a noche y a primavera y a mucha cerveza
corriendo por las venas
desgastando las manos tras las orejas y los brillos de los dedos
entre tu pelo.
Pero ven y dime hoy que si grito en silencio la pólvora sabrá menos
a verano,
que si callo es porque me arranco a borbotones de tu lado,
que si me hundo es en el lodo y en el barro y lloro tierra
lloro tierra
ya no añoro si no son tus ojos y tus arañazos a bocajarro
ya no bajo a los infiernos para trepar a la luna de este mayo.
Ya no beso flores de loto cuando floto entre mis rotos.
Entre tus rotos.
Entre los esquemas y las quemaduras que se quedan en cueros.
Ya no lloro tierra por si lloro ríos.
O mares.
Todos los mares de tierra.
Todos los mares de la tierra.
enc.
lunes, 1 de abril de 2013
Dicen que nos espían los sueños y que luego se lo cuentan al gato que llevamos en el pecho. Qué verán, qué verán, entre las nubes de tu pelo y bajo la cascada de tu ombligo. A mí mi gato solo me araña y me maulla por dentro, se me aprieta contra las costillas y toca en ellas el piano con sus finos bigotes amarillos. Luego están sus ojos, que me miran mientras miro que tú no miras; ojos azules en donde naufragan los barcos y las noches son más largas, como si viviésemos muy al norte o muy al sur. El gato de mi pecho apenas duerme entre las lianas de mis venas: prefiere los dedos de mis manos frías que lo acarician por inercia cuando abrazo mi costado. El gato de mi pecho llora porque no le vienes a ver, porque dices que prefieres aullarle a la luna menguante, a la que siempre se va, por aquello de no hacerte esperar; qué tendrá ella que no tiene la cárcel de costillas y el pulmón que te dejamos para que vengas a dormir con nosotros.
El gato de mi pecho vive en los tejados; maulla su dolor porque no sabe llorar. Y se dedica a vigilar el silencio de los muertos, de los que no viven de noche, el silencio de quien duerme porque tampoco sabe soñar.
El gato de mi pecho mira mis sueños y luego me habla de ti, lentamente, mientras entre mis tendones resuena la melodía de las noches y sus ruidos afilados. El gato de mi pecho te espía en sueños mientras se recuesta en mi oreja y vela porque no salgas de mi cabeza.
enc.
El gato de mi pecho vive en los tejados; maulla su dolor porque no sabe llorar. Y se dedica a vigilar el silencio de los muertos, de los que no viven de noche, el silencio de quien duerme porque tampoco sabe soñar.
El gato de mi pecho mira mis sueños y luego me habla de ti, lentamente, mientras entre mis tendones resuena la melodía de las noches y sus ruidos afilados. El gato de mi pecho te espía en sueños mientras se recuesta en mi oreja y vela porque no salgas de mi cabeza.
enc.
domingo, 13 de enero de 2013
Borrar y reescribir en esta rutina de un no parar, de un vaivén que nunca vuelve aunque siempre me creo más cerca de lo lejos que se ve. Pero vamos a ver, ¿cómo escribir tanto tiempo y tanto lugar? Si no hay aquél por el que beber y desvivir y poner a derretir la tinta de una pluma que no quiere coger vuelo. Aun cuando me dejo llevar me arrastra a ras de suelo y me dice que mire en los huecos, que allí siempre hay lleno aunque me detenga a respirar y no encuentre aire porque está intentando levar las alas y clavar el ancla.
No recordaba el sabor de la terapia y su ácida dosis de metamorfosis, de grima en los dedos que se sobresaltan al mirar el paisaje desde lo alto de la atalaya y "qué bonito se ve lo que se reconoce pero no se recuerda, o se recuerda pero no se quiere volver a reconocer". Y así, sumidos en un no me mires a través del cristal de la ventana, revelamos fotos veladas del brillo del vidrio que a veces es iris y otras solo pupilas encarnadas; a veces reluce cual grito de una cerilla que corre chupando mi aire pero es humo de nuevo y de viejo: de lo que fue y sigue siendo pero ya solo se es en otros derroteros.
Y me gusta esa palabra, "derroteros". Derroteros de la batalla y desterrados de la victoria, como si alguna vez esto hubiese sido ese campo de sangre donde vender las venas al mejor postor de una subasta de dos. Mi propio corazón que lucha por sus andamios y el corazón de aquél que echa de menos su vendas. Y esa es la realidad. La irreal relevancia de que ganar o perder se basa en mirar a través de lo que se deja ver, lo que mostramos a través de un juego de naipes donde cada carta es una navaja afilada con la que sacar las entrañas. Y así, sin dejar tiempo al tiempo, corre el sudor entre los huesos que entrechocan por volver al camino y ascender a base de besos al viento, de robar caricias a la cima para que se porte bien y nos eleve aún más alto.
Es por ello que apenas decaigo más que lo necesario para curar la herida. Y en ello estamos hasta que alcancen de nuevo las sombras y se lleven, de nuevo, la luz a allá de donde nunca debió de salir, y de donde de cuando en cuando logra asir un hilo de oscuridad para volver a ser lo que siempre fue: el pozo sin fondo de un loco que nunca cierra los ojos.
enc.
No recordaba el sabor de la terapia y su ácida dosis de metamorfosis, de grima en los dedos que se sobresaltan al mirar el paisaje desde lo alto de la atalaya y "qué bonito se ve lo que se reconoce pero no se recuerda, o se recuerda pero no se quiere volver a reconocer". Y así, sumidos en un no me mires a través del cristal de la ventana, revelamos fotos veladas del brillo del vidrio que a veces es iris y otras solo pupilas encarnadas; a veces reluce cual grito de una cerilla que corre chupando mi aire pero es humo de nuevo y de viejo: de lo que fue y sigue siendo pero ya solo se es en otros derroteros.
Y me gusta esa palabra, "derroteros". Derroteros de la batalla y desterrados de la victoria, como si alguna vez esto hubiese sido ese campo de sangre donde vender las venas al mejor postor de una subasta de dos. Mi propio corazón que lucha por sus andamios y el corazón de aquél que echa de menos su vendas. Y esa es la realidad. La irreal relevancia de que ganar o perder se basa en mirar a través de lo que se deja ver, lo que mostramos a través de un juego de naipes donde cada carta es una navaja afilada con la que sacar las entrañas. Y así, sin dejar tiempo al tiempo, corre el sudor entre los huesos que entrechocan por volver al camino y ascender a base de besos al viento, de robar caricias a la cima para que se porte bien y nos eleve aún más alto.
Es por ello que apenas decaigo más que lo necesario para curar la herida. Y en ello estamos hasta que alcancen de nuevo las sombras y se lleven, de nuevo, la luz a allá de donde nunca debió de salir, y de donde de cuando en cuando logra asir un hilo de oscuridad para volver a ser lo que siempre fue: el pozo sin fondo de un loco que nunca cierra los ojos.
enc.
sábado, 1 de septiembre de 2012
De las cenizas no se resurge a menos que arda en polvo y se quede pegado a la piel, con ese olor a pólvora que recuerda a viejas batallas y a pronfundas heridas de bala en las costillas. Volver a caminar es afilar de nuevo el cuchillo y cargar una vez más la recámara de ocho balas y una de aire. La que más duele por mucho que digan del acero.
Lo mejor de la emoción de todo eso, de la mano en tensión abrazando una pistola o un lápiz, qué más da, es la locura que antecede a la calma. El fuego corriendo por unos brazos que danzan solos, al son de unos pies que resuenan en la cabeza de la música y su ritmo, del tintineo del reloj o de las jotas alargadas que perfilas en las esquinas de los poemas que echas a volar.
Bailar al son de un corazón que late por pereza, alcohol o casualidad. En realidad qué más da mientras lo haga, si los besos saben igual con amor o con cerveza. Dejarnos llevar por las noches de verano pero patinando en las noches eternas, dejándonos caer en los bancos de los parques donde los corazones se superponen y todo es abstracto y está del revés.
Como nuestras bocas besando humo a dos centímetros de distancia.
enc.
Lo mejor de la emoción de todo eso, de la mano en tensión abrazando una pistola o un lápiz, qué más da, es la locura que antecede a la calma. El fuego corriendo por unos brazos que danzan solos, al son de unos pies que resuenan en la cabeza de la música y su ritmo, del tintineo del reloj o de las jotas alargadas que perfilas en las esquinas de los poemas que echas a volar.
Bailar al son de un corazón que late por pereza, alcohol o casualidad. En realidad qué más da mientras lo haga, si los besos saben igual con amor o con cerveza. Dejarnos llevar por las noches de verano pero patinando en las noches eternas, dejándonos caer en los bancos de los parques donde los corazones se superponen y todo es abstracto y está del revés.
Como nuestras bocas besando humo a dos centímetros de distancia.
enc.
viernes, 1 de junio de 2012
Ya era de volver. De volver a volver a volver. Después de los vuelos rasos, las alas rotas, algún que otro cristal en la piel y mucho color negro goteando de las pupilas. Ahora que te veo, viejo amigo, desde la distancia de sabernos conocidos y olvidados desde el color de los ojos. Qué quieres que te diga, si apenas me conozco ya. Me sale la saliva color sangre suave. Como desteñida por exceso de luz de luna.
Las noches han sido igual de largas que cuando las amamantaba de letras. Eso no va a cambiar. Una de ellas todo chocó. Los trenes, las bocinas de los coches, las miradas de los ciegos, la piel y el nervio. La realidad y la pared del salón. Y de pronto veía el cielo. Todo roto a mi alrededo; los pedazos de los besos, los vasos de la cocina, el futuro sin abrir, el pasado deshilvanándose. Cómo se destejen los recuerdos. Demasiado rápido.
La realidad es que escribo para comerme el tiempo. Como el que espera algo.
Ellos no saben poner un punto y final. Lo triste es que yo tampoco. Siempre me atraganto con la última palabra, o con el último punto. A tropezones todo es más emocionante. El vértigo de la caída y otra vez el vuelo. Ese vuelo leve de luz. Hasta donde nos vuelvan a quemar las alas.
enc.
Las noches han sido igual de largas que cuando las amamantaba de letras. Eso no va a cambiar. Una de ellas todo chocó. Los trenes, las bocinas de los coches, las miradas de los ciegos, la piel y el nervio. La realidad y la pared del salón. Y de pronto veía el cielo. Todo roto a mi alrededo; los pedazos de los besos, los vasos de la cocina, el futuro sin abrir, el pasado deshilvanándose. Cómo se destejen los recuerdos. Demasiado rápido.
La realidad es que escribo para comerme el tiempo. Como el que espera algo.
Ellos no saben poner un punto y final. Lo triste es que yo tampoco. Siempre me atraganto con la última palabra, o con el último punto. A tropezones todo es más emocionante. El vértigo de la caída y otra vez el vuelo. Ese vuelo leve de luz. Hasta donde nos vuelvan a quemar las alas.
enc.
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